Jueves , 20 julio 2017

Ya tenemos la foto final del kirchnerismo

Por Carlos M. Reymundo Roberts

En las últimas semanas me asaltó una curiosidad: cuál será la imagen final del kirchnerismo, de ese kirchnerismo que con tanta devoción y sueldo defendí durante ocho años. Cuál será la escena que elegirán los historiadores para ilustrar el derrumbe. ¿Será el baúl del auto de José López desbordado, como quien viene de llenar varios changuitos en un supermercado de dólares? ¿Josecito pidiendo a los gritos cocaína y estrellando su cabeza contra las paredes de un despacho en Comodoro Py? ¿El impúdico arqueo de La Rosadita? ¿Cuando veamos que se llevan detenidos a los cuatro hijos de Lázaro Báez? Todos los días aparecen nuevas imágenes que superan a las anteriores. Y todavía falta Cristina, tan sueltita de cuerpo para decir y para hacer. Seguro que le están recomendando que sea prudente. Por ejemplo: aunque ame cuidar su jardín, ojo con aparecer en una foto con una pala en la mano.

Quiero imaginarme que Aníbal Fernández no pretenderá un lugar protagónico en el álbum por el escrache en el avión que lo llevaba a Londres. Es poca cosa. Distinto sería aparecer con un boarding pass (tarjeta de embarque) extendido a nombre de La Morsa. Tampoco tienen mérito suficiente los dedos de Pérez Corradi con las yemas operadas para ocultar su identidad. Máximo los tiene parecidos, atrofia cutánea que probablemente se deba más a la manipulación de billetes que de libros.

A ver. Están pasando cosas muy importantes –¡tres ex jefes de Gabinete procesados el mismo día!- y me da la impresión de que por momentos sucumbimos ante ese increíble torbellino de acontecimientos. Las yemas de Corradi nos hacen olvidar que Boudou hace rato que se escondió detrás de una tupida barba. Los libros con los que estudiarán nuestros nietos van a decir: “Cuando ya no le quedaban más recursos para enfrentar la ira de una sociedad que lo veía como la esencia misma de la corrupción, el ex vicepresidente, desahuciado, desesperado, jugó su última carta: una cobertura capilar”. Aníbal también buscó refugio en la barba, pero no puede con su genio: abre la boca y es Aníbal, no hay dudas. Josecito jugó a las escondidas en un monasterio, operación que no es complicada salvo que tengas que saltar un paredón con 9 millones de dólares encima. Las monjitas no alcanzaron a ponerle una silla. El allanamiento a Báez en Santa Cruz permitió descubrir que ocultaba campos más grandes que la Capital Federal. Que aprendan Boudou, Pérez Corradi, Aníbal y Josecito: eso es esconder.

Al torbellino de acontecimientos le sigue el de las palabras. Pedirle a los gritos a la cana que te dé merca no es precisamente un himno a la dignidad. Hubiese quedado mejor si pedía un teléfono para llamar a De Vido. Cristina se anotó en el concurso con una extraordinaria cristinada: “Yo no le di la plata”. Podrían decirse muchas cosas sobre esta frase -por ejemplo, que nadie creía que ella fuera tan generosa-, pero me quedo con una: es la cumbre del relato. Difícilmente pueda ser superada. Horacio González, director de la Biblioteca Nacional en tiempos del kirchnerato, lo intentó vanamente al abordar el caso López: “Nadie está en condiciones de decir exactamente qué pasó y dar una interpretación concluyente”. Asombroso. Creo que debería volver a la Biblioteca. A leer.

Por cierto, ya es hora de que reaparezca Carta Abierta. Que no nos prive de esa mirada independiente sobre el país. Independiente de la verdad. Muchachos, yo ya no estoy con ustedes, pero entiendo que alguna función cumplían. La militancia debe estar esperando que la orienten, aunque sea con una de esas cartas que hicieron época porque el fervor ideológico casi lograba ocultar los errores gramaticales y de sintaxis. Como todavía los quiero y además admiro el estoicismo con el que se bancaron a Boudou, Milani, Scioli… y, sobre todo, a los Kirchner, les tiro algunas ideas, a ver si de una buena vez rompen ese inexplicable silencio: el episodio del convento ratifica que no se puede confiar en la Iglesia; que tanto el triple crimen como lo de López hayan ocurrido en General Rodríguez demuestra que tampoco se puede confiar en los militares; cuando Corradi dice que tiene miedo por su vida está aludiendo al narcotráfico enquistado en el gobierno de Macri; cuando Cristina calla sobre los escándalos de corrupción de sus funcionarios es porque no quiere caer en estigmatizaciones; hay sospechas fundadas de que la mafia de los medicamentos bancó la campaña de María Eugenia Vidal; no es que Báez tenga estancias muy grandes, sino que la Capital Federal es chica.

Vuelvo a los hechos y palabras que marcan una época. Prendo la TV y en el programa de los Leuco veo a “Alfanito”, la abogada hot de López, declarando que su cliente “no es inocente”. No entiendo: le paga para que lo defienda y ella lo manda en cana. Un rato después veo a la pulposa abogada con Tinelli en Showmatch disfrutando de su repentina celebridad. Sigo sin entender: ¿12 años de manipulación de la Justicia, de operaciones judiciales y compra de jueces y fiscales, de intervención en el Consejo de la Magistratura y en los centros profesionales de abogados, y no tienen a alguien más presentable para defender a un hombre clave del esquema de corrupción?

Acaso no haya que buscar más. “Alfanito”, ella sola, es la foto del final.

(LA NACIÓN)

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