jueves , 12 diciembre 2019
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Vidas (no) paralelas

Existe un abismo entre los pseudoempresarios alentados desde el kirchnerismo y hombres como Douglas Tompkins, a quien procuraron defenestrar

El general Juan Domingo Perón se ufanaba de su formación humanística a través de la lectura de Plutarco, cuyas Vidas paralelas seleccionan trayectorias ejemplares de la Antigüedad, contraponiendo virtudes y defectos de héroes griegos con sus correlatos romanos.

La admiración de Perón por esa obra clásica sirve como introducción para comparar las conductas de un empresario «nacional y popular» que se enriqueció con contrataciones públicas en Santa Cruz y utilizó esos fondos para comprar allí estancias enormes, con la actitud de un extranjero ecologista, que también compró campos extensos, con fondos provenientes de su bolsillo, con el objeto de restablecer la biodiversidad y donarlos a los gobiernos de la Argentina y Chile.

El 10 de agosto de 2006, tenaza en mano, el ex funcionario kirchnerista Luis D’Elía forzó la entrada en un campo en Corrientes, en la zona del Iberá, perteneciente al citado ecologista norteamericano, Douglas Tompkins. Acompañado de la diputada nacional Araceli Méndez de Ferreira (FPV), irrumpió en la estancia montado en un Unimog del Ejército Argentino, cortando alambrados y derribando tranqueras, supuestamente para permitir la circulación de campesinos indígenas y, también, como acto de soberanía ante el presunto intento de apropiación, por parte de Tompkins, de las reservas de agua dulce que contiene el Iberá.

Mientras el ruidoso D’Elía distraía con sus tenazas, sus gritos y su Unimog (y sus fotógrafos), aprovechando la barahúnda y variando sus múltiples disfraces, el socio oculto del matrimonio Kirchner, Lázaro Báez, comenzaba su raid de compras de estancias en Santa Cruz, pagándolas al contado y, en muchos casos, con sobreprecios.

Desde 2006 en adelante, Báez compró 25 estancias, que equivalen a unas 400.000 hectáreas. Esto representa la mitad de las tierras que posee la familia Benetton, principal propietaria en la Patagonia (Compañía Tierras del Sud), a quien Báez le compró la famosa estancia Cruz Aike, de 36.000 hectáreas, poblada con 9000 ovinos, a 60 kilómetros de El Calafate, epicentro de sus negocios hoteleros, incluido un hotel fantasma que, pese a estar finalizado, Báez nunca inauguró. El primer grupo de tierras compradas por Báez está ubicado al margen del río Santa Cruz. Fueron una decena de estancias que totalizan 200.000 hectáreas y por las que se habrían pagado, según registros de la propiedad inmueble, 15 millones de pesos y 1,12 millones de dólares. Son La Julia, El Relincho, Cruz Aike, Rincón, Río Bote, Campamento, La Porteña, Verdadera Argentina, Alquinta, Ana y La Entrerriana.

En 2008, adquirió la titularidad de Valle Hermoso SRL, dueña de otras siete estancias que Báez engulló de un bocado. Todas las compras, en tanto, quedaron registradas a nombre de Báez; sus hijos Martín, Leandro y Luciana, y las empresas Austral Construcciones, Badial SA y Valle Hermoso SRL, mientras que Austral Agro habría realizado la compra de La Julia y El Relincho.

Paradójicamente, el «sospechoso» norteamericano compró tierras en Santa Cruz, donde realizó inversiones para recuperar la fauna y, luego, durante el gobierno de Néstor Kirchner, donó esas 66.000 hectáreas al Estado argentino para formar, en 2004, el Parque Nacional de Monte León, el primer parque marino continental de la Argentina. La fundación conserva aún una estancia de 15.000 hectáreas también en esa provincia, con la cual ampliará el Parque Nacional Perito Moreno.

Desde 1997, la Conservation Land Trust, formada por Tompkins y su esposa, compró en Corrientes aproximadamente 150.000 hectáreas de tierras donde se proyecta el Parque Nacional Iberá, con sus especies originales, como osos hormigueros, jaguares, aguará guazú y nutrias gigantes. Este futuro parque nacional todavía está sujeto a polémicas, porque requeriría que la provincia ceda también parte de sus tierras fiscales a la Nación.

En Chile, la fundación de los Tompkins era propietaria de extensísimas tierras e incluso se la cuestionaba por dividir el país en dos mitades. A partir de 1991, Tompkins compró gradualmente 280.000 hectáreas en el Valle Reñihué, provincia de Palena. Con los años, la fundación formó el Parque Pumalín, declarado santuario natural el 19 de agosto de 2005 por el presidente Ricardo Lagos. Más tarde, la Conservation Land Trust donó las tierras protegidas a la Fundación Pumalín, semejante a un parque nacional, pero bajo una iniciativa privada.

También en Chile, Tompkins donó en 2005, para su conservación como parques nacionales, 85.000 hectáreas del campo Corcovado, en la región de Los Lagos, y otras 38.000 hectáreas en Yendegaia’ (que significa «Bahía Profunda» en lengua yámana) al sur de Tierra del Fuego, en la Región de Magallanes.

Douglas Tompkins falleció el 3 de diciembre pasado, en su ley, en un accidente en kayak en el lago binacional Buenos Aires-Carrera. Pocos días después, su viuda, Kris McDivitt, se entrevistó con el presidente Mauricio Macri para anunciarle la decisión de donar las 150.000 hectáreas de tierras que preserva en los esteros del Iberá para la creación del parque nacional mencionado.

Exactamente un mes más tarde, el 22 de enero, McDivitt se entrevistó también con la presidenta Michelle Bachelet para concretar la donación del Parque Patagonia al gobierno de Chile, el gran legado final de Tompkins a la nación hermana. Se trata de 419.417 hectáreas de tierras con bosques templados, más una cuantiosa inversión en infraestructura en Valle Chacabuco, que se extiende en majestuosas vistas desde la caída de los Andes hacia el lago General Carrera, el mismo donde se accidentó Tompkins en su kayak. Cuando se concrete, será la operación de creación de parques nacionales más importante que se haya registrado en Chile.

Pero volvamos nuevamente a Plutarco y a sus Vidas paralelas. El propósito del historiador de Queronea no era simplemente relatar las trayectorias de los personajes elegidos, sino también evaluar la influencia del carácter (bueno o malo) sobre las vidas y los destinos de los hombres famosos. Comparemos la ética de los negocios del kirchnerista Lázaro Báez, quien además de enriquecerse con la obra pública de Santa Cruz se dedicaba a facilitar el blanqueo de fondos de los hoteles de la familia presidencial (Hotesur SA). Entre 2010 y 2011, el matrimonio Kirchner recibió más de 14,5 millones de pesos de Valle Mitre, la sociedad del constructor que gerencia esos hoteles, en pago de habitaciones vacías.

Lázaro Báez ha sido el paradigma del «empresario exitoso» durante el gobierno de los Kirchner. Visto desde la óptica de Plutarco: ¿cuáles son sus calidades morales? ¿Tenían sus compras de campos por objeto establecer allí escuelas agrotécnicas, colonias de vacaciones para niños sin recursos, realizar cultivos experimentales para el INTA o preservar la biodiversidad? Más bien, pareciera que no eran ésos sus objetivos, sino aprovecharse de lo público, con fondos de dudoso origen y, eventualmente, cobro de expropiaciones por la construcción de una represa.

Sin embargo, D’Elía y la diputada Méndez no se presentaron en las estancias La Julia, El Relincho, Cruz Aike, Rincón, Río Bote, Campamento, La Porteña, Verdadera Argentina, Alquinta, Ana o La Entrerriana con tenazas, megáfonos y Unimogs para denunciar la presunta malversación de fondos que esas adquisiciones explicitan. Tampoco el programa 6,7,8 se dedicó a denunciar esos escándalos, como correspondería a la televisión pública, supuestamente interesada en la defensa del Estado y no de la utilización privada de los bienes colectivos.

Por el contrario, el denostado Tompkins, como un filósofo posmoderno, predicaba a favor de la supervivencia del planeta. Sostenía que «la biodiversidad está en riesgo por un capitalismo fuera de control», al tiempo que convocaba a quien lo quisiera escuchar a «consumir menos y mejor». Sobre las fortunas personales, señalaba: «[Mis hijas] saben que yo no creo en las herencias […] Tener dinero sin esfuerzo no sirve: malogra a los hijos, les anula su capacidad y potencial […] Crecí en una familia con riqueza, con vecinos y amigos que tenían dinero, y he visto lo mal que hacen las herencias».

Sería absolutamente abstracta cualquier discusión acerca de la postura que hubiese adoptado Perón, en tanto admirador de Plutarco, puesto a elegir entre las trayectorias personales de sus supuestos correligionarios D’Elía y Báez y la del norteamericano Tompkins. Pero sí es clara, en todo caso, la opción que hizo un gobierno como el kirchnerista, que, bajo el disfraz de un relato que pregonaba la existencia de una burguesía nacional formada por «exitosos empresarios» y diferenciada de los «grupos concentrados», terminó alentando negocios espurios con amigos del poder, que vieron crecer velozmente su patrimonio a expensas de un Estado esquilmado. (La Nación)

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