sábado , 21 octubre 2017

Un vínculo de amor

Por Mariela Arias

“Cada vez que eso ocurre siento que la vida me sonríe con complicidad”

Aún hoy recuerdo la primera vez que lo conocí. Tenía 20 años, era mi primer viaje al Sur, esas aventuras juveniles con mochila al hombro, mejor amiga y hermana mayor. Un paquete de ilusiones y muchas recomendaciones de mamá y papá para esa escapada con aroma de aventura y sabor a independencia. Ninguna sabría que esos días nos cambiarían la vida.

En 1993 aún se podía acampar detrás de la casa del guardaparque, cerca -muy cerca- del glaciar Perito Moreno. En febrero de 1988 habíamos visto por televisión la impresionante ruptura de la masa helada, ese mismo día empezaría la cuenta regresiva que cinco años después nos depositaría ante la maravilla gótica de los séracs de hielo.

El Calafate apenas era un pueblito, lleno de mochileros y de viajeros cinco estrellas. Primer escollo: el glaciar estaba un poco más lejos de lo previsto, no había transporte de línea y las excursiones escapaban a nuestro ajustado presupuesto. Finalmente conseguimos un taxi familiar, donde el chofer compensaba con relatos la tozudez de su gastado Ford Falcon. “Ahora la curva de los suspiros”, nos adelantó el paisano. y segundos después las tres gritábamos y llorábamos porque detrás de ese nombre de ensueño aparecía la primera vista del glaciar a la distancia.

Esos días fueron de sorpresa y enamoramiento. No podíamos dejar de contemplar durante horas la enorme masa helada, hacer guardia hasta que alguna pared se desgranara en el agua, mirarlo con intensidad, como si esa fuera la última vez. Por las noches, al calor de los fogones, tejíamos amistades y a lo lejos lo oíamos tronar, ansiando que llegara el día siguiente, para volver.

Esos días de enero de 1993, nacería un lazo invisible con el gigante helado. Regresamos a Córdoba, pero con el Perito Moreno pegado en los ojos. Contagiamos entusiasmo a amigos y familiares y anhelábamos volver. Pilar, mi amiga, fue la primera en instalarse en la Patagonia tres años después, un año después sería mi turno, y otros años después llegaría mi hermana.

Desde entonces la vida la elegimos en la Patagonia, ya no volveríamos a verlo todos los días, pero viviendo en Río Gallegos a menos de 400 km de aquí, siempre tendríamos la excusa para regresar. Siempre hay un amigo, un pariente, alguien que no lo conoce y nos convidan un poco de ese momento de ilusión. He vuelto innumerables veces al glaciar y les aseguro que mantengo intacta la ilusión que me despertó esa vez.

Las fotos de entonces las sacamos con la vieja Minolta de papá. Fue el glaciar Moreno quien nos reveló que la vida era posible en otras tierras y nos empujó a la Patagonia.

Tuve la enorme fortuna de cubrir las tres rupturas anteriores, y cada vez que eso ocurre siento que la vida me sonríe con complicidad.

En el 2004 fue la emoción de la primera y deseada ruptura. Después de las esperas que incluyó una noche en vela frente a las pasarelas en bolsas de dormir, el glaciar prolijo y amable colapsó a las 7.10 de la tarde de un domingo. Llegaba justo para el cierre de los diarios. En 2006, repitió pero allí apenas se lo pudo escuchar: el puente de hielo se resignó de noche y de ese momento no hay registros. Aún no se inventaron flashes ni reflectores capaces de iluminarlo. En 2008, eligió un día patrio, el 9 de julio, tras varios días de nieve, el estruendo llegó a las 11 de la mañana

Según la Real Academia Española (RAE), la rotura es el quiebre de un cuerpo sólido, en tanto que ruptura se aplica al rompimiento de relaciones o vínculos entre las personas. Correspondería llamarle rotura, sin embargo, por usos y costumbres, aquí todos hablan de ruptura. Quizás, porque el hielo cobra vida cada vez que decide abrazarse amorosamente a la tierra; cuyo lazo deberá romper indefectiblemente cada vez que decide separarse en ese ruidoso proceso del cual somos testigos privilegiados por estas horas. Esa ruptura es también una celebración.

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