Miércoles , 24 mayo 2017

Se conocieron en Grisú, la disco de Bariloche, pero recién 21 años después Facebook los volvió a unir

En 2009 cuando volvieron a encontrarse.

Por Señorita Heart

Sus amigos, amigos eran los del club. Pero Luis igual se fue de viaje de egresados con sus compañeros del secundario. Con tres o cuatro había cierta camaradería, pero se pasó el viaje esquiando; en realidad su vida social era siempre bastante limitada. Estaba totalmente absorbido por su deporte favorito, la vela, al que se dedicaba full time, lo que significaba no salir viernes ni sábados. A sus 15 años ya había participado de tres campeonatos mundiales y el colegio le demandaba muchas horas de estudio. Entonces, todavía estaba decidiendo si se dedicaba al deporte a nivel olímpico o si se anotaba en la carrera de Ingeniería Civil. Al final, hizo las dos cosas. Debe haber ido a bailar cinco veces durante esos años, pero el destino quiso que conociera al amor de su vida -como lo define él- en un boliche.

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El 21 de septiembre de 1988 era su última noche en Bariloche, el fin de ese viaje extraño que irrumpe en la última curva de la adolescencia como un pase libre de adrenalina sin custodios más que los picos nevados de la Patagonia. Estaban en Grisú, la disco histórica de la ciudad a orillas del lago Nahuel Huapi, en la que todos los egresados del país han bailado desde que abrió hace 40 años. Estaban solos, todavía no habían llegado otros colegios hasta que por la puerta principal entró un contingente de 30 chicas que saltaban y cantaban. Ana era una de ellas, había viajado en micro desde Mendoza y esa era su primera noche del viaje. Apenas las vieron, varios de los compañeros de Luis apuntaron a ellas y él no quiso ser menos: se acercó al grupo y casi sin pensarlo miró a Ana y la invitó a bailar, pero a los pocos minutos decidieron sentarse y charlar. Luis dice que hubo entre ellos una conexión profunda que no sabía posible en dos chicos de 16 y 17 años. Mientras el boliche era un volcán de luces, disfraces y coreografías multitudinarias, Ana y Luis hablaban sin parar, se contaban secretos, y aunque él sentía ganas de besarla no lo hizo, se despidieron con sonrisas.

A las 5 de la mañana, cuando llegó a su habitación, se dio cuenta de que no le había pedido el teléfono. El micro de vuelta a Buenos Aires salía a las 9. Desesperado como nunca antes, Luis bajó, se tomó un taxi hasta el hotel donde Ana paraba. Entró sin saber por dónde empezar, por eso terminó despertando a todas sus compañeras de curso, una por una, hasta dar con ella. Ana salió de su cuarto dormida y confundida, Luis la miró a los ojos y le pidió el teléfono, cuando ella se lo dio la invitó a desayunar. Antes de que él corriera hasta su micro, se sacaron una foto en la puerta del hotel y se despidieron. Tampoco se besaron.

Dice Luis que lloró por amor dos veces en su vida, la primera fue durante las 24 horas que duró el viaje desde Bariloche a su casa. Una conexión especial, no sé explicarla, había pasado algo entre los dos y no sabía qué era, dice él.

Durante los siguientes tres años se escribieron cartas. Algunas veces hablaban por teléfono, pero no resultaba sencillo: Luis marcaba 0261 y esperaba una hora hasta que la operadora lo comunicaba con la casa de Ana, donde la mayoría de las veces el teléfono era atendido por su mamá. Tuvo que pasar un año desde aquella noche en Grisú para que volvieran a verse. Durante dos días se cruzaron en Mar del Plata donde habían ido de vacaciones con sus familias. Ya de vuelta: ella en Mendoza, él en Buenos Aires. Luis pensaba que un noviazgo a distancia a esa edad era imposible, así que un día dejó de responder cartas y de llamar. Recién cinco años más tarde tomaron un café durante un viaje a Mendoza que Luis hizo con un amigo. Buscó el teléfono de Ana en la guía y la llamó sin más expectativas que saber cómo estaba. Ana estaba empezando a salir con alguien pero aceptó verlo. Para su sorpresa, Ana se pasó tres horas echándole en cara todo lo que él no había cumplido y todas las cartas que nunca más le respondió. “Ella tenía razón”, dice Luis.

Quince años más tarde

Pasaron quince años sin verse. Ana se casó y tuvo dos hijos; Luis recuerda que estaba atravesando uno de los peores momentos de su vida. Estaba en pareja, en una crisis constante que no lograba resolver. Hacía casi diez años que había dejado de correr regatas, estaba pesando 107 kilos y fumaba más de un atado por día. Trabajaba sin frenos para ganar cada vez más y había dejado de lado sus pasiones. Un día, a las cuatro de la mañana, se levantó de la cama vencido por el insomnio, caminó hasta al baño fumando un cigarrillo y se miró en el espejo. “Luis, te vas a morir”, se dijo. A la mañana siguiente sacó turno con una nutricionista y dejó de fumar. Para diciembre de ese año, había bajado 25 kilos y comprado el barco para correr de nuevo. Y fue en esa etapa, en 2009, que al volver de un viaje encontró un mensaje de Ana en Facebook. El encuentro fue otra vez en Mar del Plata, otra vez por dos días, y se dijeron todo. Luis, sin pose de galán, le abrió su corazón.

Él volvió a Buenos Aires, Ana a Mendoza y terminaron las relaciones que tenían. Despacio, como quien construye un castillo de naipes, los hijos de ella y Luis se fueron conociendo. Cada uno seguía viviendo en su provincia pero viajaban cada 15 días para verse. Así fue por tres años. Ana nunca lo presionó para que se mudara con ella y Luis dice que ese fue un acierto que le agradece hasta la eternidad. A los pocos meses, ella lo acompañó a su primera regata. Compitieron juntos en un barco clase Snipe, para dos personas, un viaje muy físico y violento para una mujer de cuarenta años que jamás había flotado en su vida. “Y se la re bancó”, dice él. Ese mismo día se enteraron que ella estaba embarazada. Siguieron de novios y Luis empezó a sentir que Buenos Aires era un recuerdo lejano. El día que vendió su última propiedad porteña, ella perdió el embarazo. A fines de 2011, Luis abandonó Buenos Aires para siempre. Siete meses más tarde nació Santi, el primer hijo de los dos.

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El que nunca se iba a casar

Luis se había jurado que nunca se casaría, pero cuando ella se lo propuso no encontró un solo motivo para no hacerlo. Con ella. El 15 de febrero de 2013, rodeados de amigos y familiares cercanos, hicieron una ceremonia informal, divertida y feliz. Luis dice que uno siempre quiere cambiar al otro, que ese impulso por querer transformarlo es inútil pero inevitable. Hasta que la vida con Ana le mostró que tal vez no era tan así: “La amo entera, con sus virtudes y sus errores, que son infinitamente menos que los míos”. Luis siente que cambió de vida, de intereses, o que tal vez volvió a abrazar todo lo que sentía por la vida 20 años atrás, y que de algún modo siente que había traicionado. “Estoy enamorado, vivo a 1000 kilómetros del Rìo de la Plata pero navego más y mejor que nunca, con Ana siempre apoyándome”, dice. Pensaba que el éxito era ganar mucha plata, pero es ahora cuando se siente rico, con Ana, sus hijos, juntos y sanos. Ya no compra autos caros ni quema billetes en salidas. Trabaja part time como ingeniero asesor y lleva y busca a su Santi al jardín. Tiene una beca del Enard y la Secretaría de Deportes por su campaña deportiva: salió campeón argentino de Snipe seis de los últimos siete años. El año pasado fue campeón sudamericano junto a su hermano del alma Diego Lipszyc, subcampeones mundiales y medalla de Plata en los Panamericanos de Toronto. Sólo tiene una cábala: besar su anillo de casado y pensar en ella antes de largarse a navegar.

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Todos los días, Luis y Ana leen el diario en el iPad, en la cama, mientras toman el desayuno que ella prepara. “Todos los días, repite Luis, es un momento feliz, sagrado”. La semana pasada, durante ese ritual, leyeron la historia de Eloy, que pensaba pedalear hasta Alaska hasta que se enamoró de una chica rusa y, sin pensarlo demasiado, como esos impulsos adolescentes que a veces salen bien, Luis mandó una mail a Cor@zones para contar la suya.

La Nación

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