martes , 17 octubre 2017

Ponerse a pintar vagones de rosa chicle

Opinión

  • Patricia Suárez

Mientras esperamos a que el patriarcado caiga definitivamente y hombres y mujeres seamos iguales en derechos y en deberes ante la ley, un tipo al que le importa un cuerno ese futuro venturoso, te apoya en el transporte público. Un pequeño placer que él se da a costa tuya. Como quien no quiere la cosa, te apoya su pene, o lo refriega contra alguna parte de tu cuerpo (nalgas, pelvis, cintura, hombro, codo, lo que pueda, lo tuyo que esté cerca). Al principio, pensás que eso no está ocurriendo. Es idea tuya o vos sos la que buscaste una mala posición, etc. Entonces te corrés hacia un costado, lejos del miembro del tipo. Y a los pocos momentos, aprovechando las horas pico y que se viaja encimado, lo tenés otra vez encima y la turgencia de eso que no pediste te indica que el tipo que tenés aplastando tu cuerpo es un pervertido. Hay pocas cosas que podés hacer y depende de la personalidad de cada una de las víctimas. Acudís a la violencia y te defendés con puños y patadas o con insultos. El tipo se hará el inocente y vos quedás como una chiflada. Lo soportás con resignación, no más por evitar el escándalo y entonces tenés un ataque de angustia apenas bajás del subte y te arruina el resto del día. Sino de muchos días de tu porvenir. También podés decirte que tuviste la suerte de que no te violara, por ejemplo. Ojalá sean pocas las que piensen esto, porque este tipo de pensamiento habla de una sociedad que acepta la violencia machista como parte del estado de cosas normal.

Tal vez un hombre no sepa qué se siente cuando te apoyan, cuando te tocan y vos no querés. No tiene por qué saberlo, lo educaron para reaccionar con violencia y defenderse. Pero va aquí una analogía que puede serle útil. Cuando a una mujer la apoyan, soban, manosean, estrujan, violentan, es como cuando a un hombre le bajan el sueldo, es como cuando le meten a su equipo un gol en contra, es como cuando lo obligan a trabajar los francos. Todo eso y sin que pueda protestar.

Para la sociedad en general, y para los caballeros bienpensantes, ponerse a pintar vagones de color rosa chicle y negarles el acceso a los hombres es un acto sexista y bien estúpido, que pone a la víctima en exhibición en lugar de castigar a los victimarios. El problema está en que el castigo y la reeducación (si esto fuera posible en un pervertido) en nuestra sociedad viene una vez sucedido el hecho y no antes. Primero, te sucede el hecho violento, y luego lo denunciás y quizá la ley haga algo al respecto que no sea una burrada fatal. Las estadísticas en cuanto a femicidios, por ejemplo, lo vienen demostrando. Hay cada vez más femicidios y por si alguien quiere enterarse: los femicidas no nacen así, se hacen, hay una escuela de femicidas. Tienen todo el apoyo de la sociedad para volverse femicidas: por ejemplo, pueden empezar practicando con piropos callejeros que más bien suenan como amenazas terroríficas. Son conductas halagadas, que forman parte del folklore porteño y el 57% de los hombres creen que a las mujeres les gustan los piropos. No son sancionados por las agresiones y en el caso de que alguna mujer se anime a denunciarlos, la policía se te ríe en la cara. Hubo al respecto hasta un proyecto de la diputada Gabriela Alegre para que la Policía Metropolitana elabore un protocolo tendiente a no desestimar la denuncias. Hasta ahora, estos proyectos no prosperaron y formaban parte de la educación, de sensibilizar a la sociedad al respecto. La ley tiene un peso simbólico que nadie puede eludir.

El femicida entonces va por más. Puede no dejarte pasar en la calle (en el cine, en el supermercado, en el tren, etc), seguirte, burlarse de vos, pellizcarte, palparte, sobarte. Puede apoyarte en los transportes públicos. Vamos, que un día ellos están con ánimo de amar y vos no, y pueden accionar al respecto y violarte. Habrá que agradecerles que te dejen con vida.

El proyecto de Graciela Ocaña (en 2010, el legislador porteño del PRO Gerardo Ingaramo también había impulsado un proyecto similar) para preservar a las mujeres viajando, si así lo prefieren, en un vagón para ellas solas en las horas pico, como hay en otros tantos países, ¿no debería generar adhesión en lugar de rechazo? No es también una forma de decir “Tu sociedad te está cuidando”? Quienes dicen que esta medida legitima la violencia y el acoso porque le estaríamos enseñando a nuestros hijos que tenemos que viajar separadas para no ser acosadas, en lugar de transmitirles que los hombres no deberían acosarnos, ¿cuál es la medida paliativa para el día a día? ¿Soportar hasta que la buena educación florezca? Educar también es recordarle los límites, lo que está bien y lo que está mal, a quienes creen que todo puede ser transgredido. Al parecer, la medida no funcionó en México para evitar acosos, habría que hacer la experiencia en la Argentina. Por lo pronto el 29% de las mujeres declara haber sufrido algún tipo de abuso o manoseo en el subte, ¿esperamos a que la cifra suba o vemos si se puede hacer algo para impedirlo? Abusar de una persona está mal; mientras uno lo aprende, que la otra no esté a merced de quien se resiste a ese aprendizaje.

(Clarin)

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