domingo , 19 noviembre 2017

Para CFK, la Corte es un virus por combatir

(El medio es el mensaje) Por Pablo Sirvén | LA NACION

No se reparó lo suficiente en la enseñanza que encierra la pequeña gran frase, dicha ya hace unos días, por el ministro de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Fayt, discriminado vergonzosamente desde lo más alto del poder por su edad. Tenerla ahora presente viene muy bien para soportar con republicano estoicismo la andanada de imprecaciones que sobrevino desde el oficialismo tras conocerse el previsible fallo del máximo tribunal, que declaró inconstitucional la elección por voto popular de los miembros del Consejo de la Magistratura.

“Los hechos son sagrados, pero el comentario es libre”, mandó a decir Fayt por medio de su chofer. Una idea austera pero genial, que contrasta con tanta perorata y sincericidios grandilocuentes e insustanciales desde micrófonos y cadenas oficiales.

A Fayt le bastaron tan sólo nueve palabras, que dicen mucho más de lo que parece. Demuestran el abismo que separa a lo meramente pronunciado de la realidad concreta y tangible. Hace poco me lo hizo notar un ex legislador que supo tener gran protagonismo en los primeros años de la recuperación de la democracia: “Una cosa es que despotriquen y otra, muy distinta, es que quiebren el sistema. Hay que lograr, al menos, que nunca lleguen a lo segundo”.

El autocrático anuncio de la “democratización” de la Justicia propugnaba un gravísimo cambio de régimen que la Presidenta nunca debió lanzar. Pero ese peligro acaba de ser conjurado por la Corte, cabeza de uno de los tres poderes del Estado (no el “tercer poder” como lo mencionó Cristina Kirchner, más con peyorativa intención que por ignorancia). Lo dice muy claramente la Ley Fundamental, que también considera a sus integrantes como “autoridades de la Nación”.

Todo órgano técnico debe ser elegido por sus pares que estudiaron y conocen las particularidades de ese ámbito. A nadie se le ocurriría hacer una selección abierta de cirujanos sólo sobre la base de sus simpatías o habilidades oratorias. Un disparate.

Además, cualquier mayoría circunstancial en el poder está en mejores condiciones que las otras fuerzas políticas en lograr que el “efecto arrastre” unja sólo a sus candidatos tribunalicios.

¿Pensó el kirchnerismo que eso también sucedería si en su lugar estuviese en el poder otra expresión política o es que piensa quedarse para siempre?

Varios funcionarios y comunicadores afines vienen diciendo que la “década ganada” es un tiempo demasiado exiguo como para que el “modelo” pueda expandir aún más sus pretendidos beneficios. Lo que oculta el oficialismo por medio de esta frustrada “democratización” de la Justicia, tanto como por el nuevamente explícito deseo de reformar la Constitución (y, de paso, colar la re-reelección), es que busca perpetuarse en el poder.

Pero los hechos siempre seguirán siendo más importantes que las palabras. Habrá que tenerlo muy en cuenta a la hora de votar para no exponer el sistema a nuevos zarandeos.

Igual insistirán (ya lo anunció CFK en Córdoba y en Rosario, en medio de desbordes verbales impropios de su investidura). El peronismo en cualquiera de sus vertientes, que van del neoliberalismo al neopopulismo, machaca persistentemente determinadas consignas para que pasen del globo de ensayo y del campo simbólico al plano de los acontecimientos puros y duros. Hay que evitarlo.

Los tres mandatarios justicialistas más inspirados (Perón, Menem y Cristina) han echado mano a la prédica altisonante tanto para distraer como para lograr efectos dramáticos. El fundador del justicialismo apeló más de una vez al recurso del amago de renuncia para poner en marcha “operativos clamor” y también aportó su cosecha de discursos incendiarios; el presidente riojano, ahora condenado por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia, “entretenía” participando en sketches televisivos o jugando fútbol y básquet, se subía a una Ferrari para ir a Pinamar en tiempo récord y hasta amenazó con tirar abajo, con el fin de dejar más despejada la avenida 9 de Julio, al entonces Ministerio de Obras Públicas (hoy de Salud y de Desarrollo Social, donde CFK resolvió instalar dos gigantografías de Eva Perón).

Cristina Kirchner se concibe a sí misma de manera menos pintoresca que el riojano (aunque sus últimos bailoteos junto a Choque Urbano la asemejan) ya que prefiere ser percibida como una profunda refundadora del Estado no sólo con capacidad para mover leyes y hasta estatuas, sino que además reescribe constantemente la historia: acaba de decidir que Manuel Belgrano hoy sería kirchnerista, aunque pocos días antes lo destrató, al igual que a José de San Martín, porque no fundaron como su difunto marido una escuela en Santa Cruz.

Herodes padre, cuando empezó su reinado en Judea, mandó a ejecutar a varios miembros del gran sanedrín porque se habían atrevido a marcarle los límites de su poder.

Desde un plano simbólico, la Presidenta busca algo parecido. Habla en términos bélicos (insiste en “dar la batalla”) y advierte que tiene “muchos remedios, buenos farmacéuticos, inyecciones y antibióticos” al identificar a la actual Corte con un virus al que hay que combatir para “sanar”.

Gravísima metáfora..

Fuente: La Nación

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