sábado , 16 diciembre 2017

¿Odias la navidad? tranquilo, no estás solo

En los cuentos infantiles una característica para reconocer al malvado era, y me temo que todavía es, al menos para la factoría Disney, que éste siempre odiaba la navidad. El empresario huraño y explotador que retrató Dickens en A Christmas Carol (Cuento de Navidad) bajo el nombre de Ebenezer Scrooge, además de exprimir a sus empleados, pagarles salarios ínfimos y restringirles la calefacción –¿les suena?– registraba una indeseable característica: era contrario a las celebraciones navideñas. Lo mismo que el Grinch, un personaje creado en 1957 por el autor Theodore Seuss Geisel, más conocido por Dr. Seuss, que incluyó a este diablillo de color verde en el libro How the Grinch Stole Christmas (Como el Grinch robó la navidad), otro ser malévolo, empeñado en borrar del calendario estas fechas tan entrañables.

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Siempre he sostenido la teoría de que deberían actualizarse los cuentos infantiles porque el hombre del saco ahora lleva un contenedor y cada día surgen aberraciones nuevas. ¿Qué tal si el nuevo monstruo de las navidades es la angustia que les genera a los padres cuando el dinero no les alcanza para proveer a su hijo con una consola ´Retro Master System Árcade Gamer Portátil´?

Son muchos ya los que empiezan a identificarse con Scrooge en su alergia al muérdago y desearían que el calendario pasase, como por arte de magia, la página de diciembre. Aunque a decir verdad, y puestos a pedir, mejor que haga lo mismo con noviembre, ya que las navidades cada año empiezan antes. Últimamente después de sobrevivir a los fantasmas de Halloween, y sin unos días de respiro, nos vemos inmersos en los de las navidades presentes y futuras, que, de seguir esta tendencia, amenazan con atacarnos en pleno agosto, al borde del mar.

Hugh Grant es uno de esos grinchs que sueñan con un mundo sin espumillón, pero consciente de que eso nunca va a ocurrir, se traslada con su padre a un país musulmán, generalmente Marruecos, para ignorar estas fechas. Ozzy Osborne, como buen gótico, las prohibiría y su mejor memoria navideña fue cuando en el 2003 tuvo un accidente de bicicleta, que rememoraba con alegría: “Estuve en coma por algún tiempo, por lo que me perdí la navidad. Gracias a Díos”. Lady Gaga confesó también hace años que le deprimía esta celebración y en uno de sus conciertos rompió un muñeco de Santa Claus frente a sus seguidores. El actor británico Colin Firth, que puso voz al personaje de Fred Scrooge, el sobrino del malvado de Dickens en la película animada, Cuento de Navidad (2009), reconoció que, en cuanto a filosofía navideña, estaba más cerca de su tío en la ficción, que del resto de la humanidad.

Recientemente se ha publicado que el portal de búsqueda de vuelos Skyscranner elaboró este año una encuesta entre sus usuarios para averiguar por qué les gustaría escapar de la Navidad. Las diez razones más comunes fueron: para huir de la suegra, por compromisos con la familia política, para escapar del ambiente navideño, para celebrar las fiestas en otro destino, para descansar solo con su pareja, para evitar volver a casa por Navidad, para ir a un destino de playa, para llegar a tiempo a las rebajas de ciudades famosas, para practicar el ski y para formar parte de una celebración navideña famosa.

En el fondo de todas estas razones se esconde el hecho, registrado ya por profesionales, de que estas fiestas consiguen todo lo contrario a lo que se proponen: deprimir y estresar al personal hasta límites insospechados. La revista Psychology Today, en un artículo titulado Why people get depressed at Christmas, (Por qué la gente se deprime en Navidad) escribía: “De acuerdo con The National Institute of Healh, la Navidad es la época del año con mayor incidencia de depresiones. Psiquiatras, psicólogos y demás profesionales de la salud mental reconocen un aumento de los pacientes con depresión”.

El psiquiatra José Antonio López Rodríguez, vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría Privada, matiza un poco al afirmar que “más que cuadros depresivos, lo que le sucede a mucha gente es que sufre tristeza y melancolía y se siente muy mal, pero no es lo mismo que tener depresión. Las peores fechas del año, a nivel de salud mental, son octubre, por la llegada del otoño y la mayor oscuridad, al ser los días más cortos, y navidad. Estas fiestas de final de año hacen que la gente añore a familiares que ya no viven o épocas pasadas, más felices. Y están también los que se sienten muy estresados con las múltiples celebraciones –especialmente las mujeres, que son todavía las que, generalmente, se ocupan de cocinar y organizarlo todo–, o con el hecho de verse con personas o parientes que no son de su agrado, o enfrentarse a los gastos extra de los regalos. Mientras los que están solos, sufren también porque se agudiza su sentimiento de soledad. Mi consejo es, si se puede, escaparse y tomarse unas vacaciones y, en su defecto, dosificar y afrontar las cosas con calma”, recomienda López Rodríguez.

Pero si las navidades son malas para la psique para el medio ambiente son devastadoras. Según la EPA (Environmental Protection Agency), la cantidad de basura se incrementa en un millón de toneladas en U.S.A. entre Acción de Gracias y Año Nuevo, la mayoría procedentes de paquetes, envoltorios y adornos de dudoso gusto. Por no hablar del gasto de energía eléctrica que suponen las imprescindibles luces, que a veces se llevan a extremos que rayan la demencia. Bajo el epígrafe de “Insane Christmas lights”; (Luces de Navidad Dementes), Youtube dispone de una sección que deja patente el extremismo de muchos a la hora de decorar sus hogares y fachadas. Si uno se asoma a la ventana y tiene la sensación de estar en Las Vegas es que alguien ha ido demasiado lejos. La iluminación navideña de Brighton, del pasado año, lo hizo, claro que en otro sentido ya que algunos adornos representaban un pene y otros tenían frases como Buy more shit (compra más mierda) o I hate my job (odio mi trabajo).

Desde Ecologistas en Acción cada año se lanzan campañas para impulsar a la gente a vivir unas fiestas más ecológicas. Según Ánxela Iglesias, responsable de medios, “tratamos de recordar a la gente lo insostenible de la forma actual que tenemos de celebrar estas fiestas, alejada de nuestras tradiciones. Un estudio que se hizo en Francia desveló que tenemos una media de 3.000 a 4.000 objetos en casa, quince veces más de lo que tenían nuestros abuelos. En la comunidad de Aragón, por ejemplo, la basura se incrementa en un 25% en Navidad. Desde la asociación insistimos en que se suprima la tradición del árbol de Navidad, que además no es nuestra, que se dejen de consumir alimentos exóticos y que se vivan unas celebraciones más minimalistas”.

Como los que odian la Navidad son ya legión abundan las webs y manuales que dan consejos para sobrevivir a las comilonas, los parientes indeseables, las horrendas cancioncillas que machaconamente repite la megafonía por doquier y las películas hechas por guionistas que, a diferencia de la decoración general, cuentan con muy pocas luces. Ihatechristmas.net es una página que propone kits de supervivencia para Navidad, mientras The Atheist’s Guide to Christmas, aunque no tan irónica ni negativa, informa, por ejemplo, sobre alternativas para cenar la noche de navidad. Cuentan que entre los judíos de Nueva York se hizo muy popular ir a comer en fechas señaladas a restaurantes chinos de Chinatown porque eran los únicos que no celebraban estas fiestas y siempre estaban abiertos. El Evening Standard publicaba este año una guía titulada Anti-Christmas events, en la que incluía una charla en la School of Life sobre cómo evitar la depresión navideña, o una visita al National Army Museum para ver el cartel que en 1647, por orden de Charles I y el Parlamento inglés, prohibió la Navidad. Como lo oyen, el líder puritano Oliver Cromwell consideró que las comilonas y parrandas eran inmorales para estos días sagrados y declaró ilegales estas prácticas. Cualquiera que fuera pillado celebrando algo era arrestado. La ley duró en Inglaterra hasta 1660, con el fin de los puritanos, pero en EEUU estuvo vigente desde 1659 a 1681. ¿Se imaginan qué felicidad?  (Por Rita Abundancia, publicado en elpais.com)

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