jueves , 21 septiembre 2017
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Mundo: El palestino al que Israel le construyó un túnel

(BBC).- “Me han ofrecido un cheque en blanco y hasta un pasaporte israelí para que les venda mi tierra”, dice Omar Hayadla, un palestino de la aldea cisjordana de Al Walaja, ubicada en el distrito de Belén, a escasos kilómetros de Jerusalén.

Su casa, rodeada de olivos, está junto al nuevo tramo del muro diseñado por técnicos del gobierno de Israel para separar Jerusalén de Cisjordania.

Cuando esté terminado, su propiedad quedará aislada del resto de su comunidad y pasará a formar parte del distrito municipal de Jerusalén.

Pero hasta allí tampoco podrá desplazarse: las autoridades israelíes planean construir una valla electrificada que rodeará su parcela, en un perímetro de 10 metros a la redonda.

“Iban a hacerlo de hormigón pero los colonos de enfrente protestaron porque decían que les afeaba las vistas desde sus terrazas”, comenta Hayadla.

La solución al problema de su aislamiento es bastante original.

Luego de sus repetidas negativas a vender su tierra, el gobierno israelí aprobó la construcción de un túnel -con un costo de 1 millón de dólares- para que él y su familia puedan acceder al menos al centro de Al Walaja.

“Ha sido la última opción. Antes me ofrecieron arrendarme el terreno por 99 años o incluso intercambiármelo por uno más grande en Belén, pero no se quedarán con mi tierra”, explica.

Una vez terminado el muro, el túnel será la única vía de entrada y salida a su propiedad que quedará completamente encerrada, “como en una cárcel”, señala.

Para los hijos de sus hijos

En las colinas que rodean su terreno se levantan tres importantes asentamientos israelíes -Gilo, Kiryat Menachem y Ora-, construidos luego de la ocupación israelí de Cisjordania tras la guerra de los Seis Días en 1967.

Desde ese año el distrito de Al Walaja ha ido achicándose tras sucesivas confiscaciones de terrenos no edificados y la construcción de un cuarto asentamiento, el de Har Gilo.

“Esto es lo poco que nos queda del pueblo”, cuenta Hayadla.

Y dice que seguirá luchando con uñas y dientes por lo suyo.

Mientras agarra las ramas de uno de sus olivos mira enfrente, en dirección a los asentamientos de casas blancas y tejados rojos.

“Al final se irán”, dice, “como los turcos o los británicos que también nos ocuparon”.

“Un día, quizá, mis tres hijos y los hijos de sus hijos le agradecerán a este antepasado testarudo que luchara hasta el final para mantener esta tierra que siempre ha sido nuestra”, concluye.

 

 

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