sábado , 23 septiembre 2017
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MUNDO: Andrea Gonçalves, “Hasta comandante no paro”

Ser azafata no fue suficiente para saciar su sueño de volar. Cuando a los 23 años se encontró con una mujer piloto en la cabina de un avión, supo que ese era su destino. Andrea Gonçalves tiene 36 años y es una de las pocas mujeres pilotos de línea de nuestro país. Compartimos este artículo de nuestra edición impresa de mayo. Por Ana Roberts. Fotos Agustina Resta.

Quizá todo comenzó en una terraza de Monte Grande, cuando Andrea Gonçalves veía pasar volando los aviones que entraban y salían de Ezeiza por encima de su cabeza. De la mano de su papá, un inmigrante portugués, intentaba adivinar los destinos de las naves que despegaban o aterrizaban.

Andrea es menuda y tiene un pelo largo de color oscuro que recuerda sus orígenes: “Mi papá vino de Portugal a los 17 años y mi mamá, de Italia, a los 2; soy una mezcla europea, pero bien latina”, cuenta con una sonrisa amplia y femenina.

“Monte Grande, el lugar donde nací y me críe, es al ladito de Ezeiza. Mi papá era fanático de los aviones y podía estar horas mirando cómo volaban; él sabía qué hora era por el avión que pasaba: ‘Mirá, ya son las 8.10 porque despegó el avión de British’, me decía. Yo escuchaba y miraba fascinada esas moles enormes que cruzaban el cielo. También me impresionaba cómo temblaban las ventanas de mi casa cuando pasaba alguno de esos aviones Jumbo gigantes y pensaba para mis adentros: ‘¿Cómo es posible que algo tan grande pueda mantenerse en el aire?’. Creo que ésa fue como la semilla de mis deseos de volar. Por otra parte, me atraía la libertad que suponía viajar por el mundo”, cuenta Andrea, con una manera de hablar delicada que al mismo tiempo transmite determinación.

Poco a poco, Andrea se fue acercando a su sueño. Después de terminar la secundaria en una escuela estatal de su barrio, consiguió un trabajo en el aeropuerto de Ezeiza como cajera de Manuel Tienda León, la empresa de transportes de pasajeros del aeropuerto. Además, en ese momento, empezó la carrera de Psicología en la UBA.

“Todavía me faltan seis materias, pero las voy a terminar –dice con convicción–. Es difícil combinar los horarios de vuelo con la carrera, pero estoy decidida a rendir algunas materias libres. Es que mi trabajo es más técnico, y la psicología me ayuda a desarrollar más mi costado humano, intelectual. Por otra parte, en algún momento, me gustaría aplicar la psicología a la aviación, al entrenamiento de pilotos. Éste es un campo que está muy desarrollado en los Estados Unidos, pero en el que acá todavía no hay casi nada hecho”.

En el aire o en tierra firme, Andrea es de esas mujeres que no se queda quieta. “Estuve varios años en distintos puestos de Manuel Tienda León. Fui cajera, despachante, después pasé al área de Recursos Humanos seleccionando personal… Cuando tenía 23, me enteré de que Aerolíneas Argentinas había abierto una convocatoria para azafatas, me presenté y quedé. Al principio, hacía vuelos de cabotaje, además de algunos vuelos a Miami y a países limítrofes”.

La vida se volvió, entonces, más complicada para esta chica audaz, que era como una malabarista que debía combinar horarios de vuelo, clases y exámenes. “Me bajaba del avión, y me tomaba un colectivo y el tren en Constitución para ir a la facultad. No paraba. Estaba siempre corriendo, pero me gustaban mucho las dos cosas. De volar, disfrutaba esa libertad que te da poder recorrer enormes distancias en muy poco tiempo. Sin embargo, y a pesar de que me gustaba, me daba cuenta de que ser azafata tenía un techo para mí”.

Un día, en un vuelo, apareció la señal que marcaría el destino de Andrea. “Me tocaba servir a los pasajeros de business y a la cabina. En el momento en que abro la puerta para servir a los pilotos, ‘uno’ se da vuelta y me doy cuenta de que ¡era mujer! ‘¿Cómo hiciste? –le dije ahí mismo–. No sabía que había pilotos mujeres!’. Ella tenía más o menos mi edad y estaba vestida como un piloto, como estoy vestida hoy yo: pantalones, corbata, camisa, saco, gorra. Yo tenía el uniforme que en esa época usaban las tripulantes de Aerolíneas Argentinas: pollera, pañuelo, tacos… Creo que esa fue mi ‘epifanía’, la revelación que yo estaba esperando. Tenía 23 años y estaba totalmente decidida a no parar hasta ser piloto”.

Andrea no perdió tiempo. “Primero la maté a preguntas. Le pedí que me dijera qué tenía que hacer. Ella me dio consejos y me ayudó mucho; aunque tenía la ventaja de que su padre era piloto, en ese momento me di cuenta de que era una profesión posible para una mujer. Ella era femenina, tenía el pelo rubio suelto, estaba maquillada… Después, en Estados Unidos, conocí a un montón de mujeres piloto que tal vez no tenían un perfil tan femenino, pero por lo menos ese primer encuentro me acercó el sueño que yo creía imposible”.

Los padres de Andrea no sentían el mismo entusiasmo que ella; tenían miedo porque nunca habían escuchado que existían mujeres piloto. Pero la decisión estaba tomada y nadie podía convencerla de lo contrario.

En el año 2000 surgió la oportunidad de estudiar inglés con una visa de estudiante en Manhattan, donde Andrea vivió un tiempo con un novio estadounidense que había conocido en un viaje a Miami y con quien se casó ese mismo año. “Ese tiempo en Nueva York fue muy difícil; la gente era dura conmigo y yo hablaba mal el idioma. Por suerte, a mi pareja la trasladaron al poco tiempo a San Francisco por trabajo”.

Allí, con un inglés más pasable, Andrea comenzó a hacer el curso de piloto y pagaba sus estudios trabajando como como recepcionista de la misma escuela.

Mientras hacía el curso de piloto, Andrea estudiaba los manuales, rendía los exámenes, trabajaba de recepcionista, y a cambio de ese trabajo, tomaba clases de vuelo. “Al tiempo, yo ya estaba dando clases. Esto es siempre así: uno empieza a volar para aprender y después necesita acumular horas de vuelo; entonces, da clases a los que recién empiezan. Es como una rueda”, recuerda.

“Disfruté mucho ese tiempo como instructora. Me gustaba captar la forma de ser de cada alumno, enseñarle a vencer los miedos típicos; transmitirle cosas que no dicen los libros, pero que se aprenden volando. Sobre todo, el tema de tomar decisiones, que es fundamental para ser un buen piloto. Muchas veces me mandaban a los alumnos con dificultades porque sabían que yo tenía paciencia y no me importaba mostrarles las maniobras despacio o repetirlas muchas veces”.

Además de ser instructora, Andrea volaba para una cadena de radio. Tenía que llevar un locutor en una avioneta para que hiciese el reporte del tránsito en las autopistas de San Francisco y alrededores en las horas pico.

“Era sacrificado, porque tenía que volar tres horas muy temprano a la mañana y tres horas a la tardecita. No ganaba mucho, pero juntaba muchas horas de vuelo en poco tiempo, que era mi objetivo. Por otra parte, me permitía volar muy bajito –a unos 350 o 400 metros, según el tiempo– sobre lugares increíbles. El locutor reportaba cada ocho minutos y cuando había un accidente yo tenía que volar en círculos para que él pudiese describir exactamente lo que pasaba”.

En 2004, con 28 años, Andrea reunía las condiciones necesarias –sobre todo, la cantidad de horas de vuelo– para aspirar a un puesto como piloto y ese año entró a trabajar en la compañía American Eagle con base en San Francisco”.

Dos años después, Andrea se separó de su marido. “El fue excelente conmigo, me acompañó, me ayudó a cumplir mi sueño, y yo también lo acompañé a él en lo suyo… Fue la mejor pareja para desarrollarnos en lo profesional. Pero afectivamente crecimos en direcciones opuestas y decidimos separarnos”, explica con serenidad.

Entonces, volvió a Nueva York, donde, igual que la primera vez, no lo pasó nada bien. “Las compañías norteamericanas –explica Andrea– no te tratan como las argentinas: vos tenés que comprarte tu uniforme, trasladarte por tus propios medios al aeropuerto en subte o colectivo… Muchas veces, llegar a la base en horario resultaba difícil por el tránsito. Volaba por todo Estados Unidos y Canadá, pero la gente y el lugar no eran para mí. Pedí el traslado y me fui a Los Ángeles”.

En la costa oeste la vida fue más placentera. Andrea le alquiló una casita de huéspedes a un matrimonio anciano en Huntington Beach, un pueblito de surfers al sur de California. “Vivía a tres cuadras del mar. Cada vez que podía, agarraba la bici y me iba tempranito a la playa; aprendí a volar en parapente y formé un grupo de amigos que eran como mi familia”, relata, incansable.

Pero el pago tira, y empezó a extrañar la Argentina. “Mis padres vinieron dos veces a verme y mi hermana, una. Me rogaban que volviese, pero el problema era que en la Argentina mi licencia de piloto no era válida”.

El retorno no fue sencillo. Andrea necesitaba revalidar su licencia y empezó una larga serie de trámites. “La primera vez que me presenté vestida de civil nadie me creía que fuese piloto. Nunca me sentí discriminada por ser mujer. Me hago cargo de que es una profesión en la que suele verse a hombres y, por lo tanto, mi actitud es no darme por aludida si alguien me da vuelta la cara o me hace algún chiste por ser mujer. Soy una profesional y actúo como tal; entonces, me toman en serio, aunque a alguno tal vez le resulte raro tener en la cabina a una compañera en lugar de un compañero”.

Con tenacidad, Andrea se fue abriendo paso entre la burocracia argentina. Nadie la conocía, porque había hecho toda su carrera afuera, y esto dificultaba más las cosas. Pero no se rindió. Mientras tanto, para seguir volando trabajaba como piloto privado.

Por fin, con todos los trámites cumplidos, en septiembre de 2010 Andrea se postuló como piloto de la línea Lan y, a casi diez años de haber empezado su carrera, volvió a volar, esta vez sobre el cielo de su país.

De regreso en la Argentina, Andrea también encontró el amor. “Mientras trabajaba en American Eagle, tenía un compañero argentino. Él también quería volver y ahora trabaja como piloto de Aerolíneas Argentinas. Pensamos en tener hijos y en formar una familia, pero no todavía, aunque ya tengo 36 años… Me gustaría ser mamá y no veo que sea incompatible con mi profesión”. (Es imposible pensar que no pueda lograrlo… a esta altura creemos que es capaz de hacer que todo resulte compatible).

Son casi las diez de la noche. Andrea mira el reloj y se levanta porque es hora de presentarse para un vuelo que saldrá hacia Comodoro Rivadavia. Se coloca la gorra y dice, sonriente: “Hasta comandante no paro”. Le creemos.

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