domingo , 22 octubre 2017

Margarita y el Papa

El nuevo editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi palabra

Es tan profunda la grieta que dejó el kirchnerato que una santa de la solidaridad popular como Margarita Barrientos quedó en una vereda y el Papa Francisco, en otra. Es tan grande el odio que inocularon Néstor y Cristina en la sociedad que dos compatriotas tan luminosos que entregaron su vida a ayudar a los pobres, hoy están separados por un océano. Francisco en el Vaticano y Margarita en Los Piletones. Ayer este programa confirmó que el Santo Padre invitó a Roma a la santa madre pero que Margarita avisó que no puede ir porque tiene mucho trabajo. El diablo metió la cola en una relación que debiera ser maravillosa y fraternal. Se abrió una herida que con el tiempo, seguramente, se va a suturar. Los oyentes de esta radio se dividieron en sus opiniones. La inmensa mayoría ama al Papa y a Margarita. Pero muchos están dolidos por algunas actitudes políticas del jefe de la iglesia católica.

No quiero profundizar esa división. Describo una realidad y punto. Solamente me interesa contarle a mucha gente un hecho mágico y maravilloso que ocurrió con Margarita en este programa. Un día le hicimos una entrevista como tantas. Pero los diarios habían publicado que Baltazar Garzón, el ex juez español, estaba cobrando del gobierno de Cristina 70 mil pesos por mes como asesor en Derechos Humanos. Se nos ocurrió preguntarle a Margarita que haría ella con tanto dinero. Y ella confesó que su sueño era construir un Centro de Atención para las Víctimas de Violencia Familiar. Como Margarita siempre piensa en los que más sufren, se acordó de tantas mujeres que por las noches llegan a su casa pidiendo auxilio frente a los golpes brutales de sus maridos, muchas veces borrachos. Como siempre, los gravísimos problemas de la marginalidad y la exclusión, Margarita los vive en carne propia. Nadie le tiene que contar que es lo que pasa con los excluidos. Es ella la que pone el cuerpo cuando llega una mujer llorando, con sangre en su rostro, cargando uno o varios chicos y que pide protección. Muchas veces Margarita no se da cuenta pero evita que haya asesinatos. Una vez ella sacó a cachetazos limpios a un hijo de puta que quería seguir trompeando a su esposa. Margarita, su cuerpo, su coraje, su conciencia es un refugio para los más débiles y para las víctimas de ese despreciable delito que es la violencia de género. Por eso ella soñaba con un refugio. Y ese sueño se convirtió en realidad por el milagro de la radio y la generosidad. Un empresario español que se casó con una argentina y se quedó para siempre resolvió donarle ese edificio que tanta utilidad le va a dar Margarita. La gran noticia, la inmensa novedad esperanzadora es que Emilio Quesada, de él se trata, nos contó que falta muy poco para que se inaugure ese lugar extraordinario que tiene todas las condiciones para albergar a quien lo necesite. En ese lugar las mujeres golpeadas van a recibir el cariño y la contención de Margarita pero también la asistencia profesional que haga falta. La relación entre Margarita y Emilio dio sus frutos. Obreros de la construcción en cooperativa de trabajo liderados por otro gran hombre como Lalo Creuss finalmente cumplieron su tarea y Margarita ya tiene un lugar en el mundo para las mujeres de la villa cuya vida era un calvario.

La luz se hizo. El milagro de la esperanza no cayó del cielo. Fue construido por hombres y mujeres que aman a su prójimo como a sí mismos. Es emocionante ver como Margarita siempre florece. Desde chico, siempre lo llevé a mi hijo Diego al comedor Los Piletones. Para que se formara como un ciudadano íntegro que nunca se olvide de sus hermanos, de nuestros hermanos, que más necesitan y menos tienen.

Y para que todos aprendamos a ser mejores personas de la mano de Margarita. Ella levantó ese complejo solidario que hoy tiene guardería, un centro de jubilados, consultorios médicos, una biblioteca donde hay clases para apoyar a los chicos, un taller de costura, y hasta una veterinaria. En los últimos tiempos y como parte de su combate frontal contra la exclusión y la droga, inauguraron una escuela de carpintería que enseña un oficio y que además fabrica los muebles que se utilizan en este faro de la fraternidad instalado atrás de la cancha de San Lorenzo.

Por eso no me canso de repetir que Margarita es un símbolo de la Argentina que florece. Ella tiene nombre de flor y es la más bella del barrio. Hace ya muchos años en esta columna la definimos como la madre Teresa del bajo Flores. Es la amada Margarita Barrientos. Muchas veces contamos su historia de sacrificio. Margarita Barrientos a esta altura es un ejemplo del tipo de líderes sociales que necesitamos. Humilde, alegre, de esas que no bajan los brazos nunca, de las imprescindibles. Tiene 10 hijos a los que les enseña a valorar la vida y a pelear para progresar. Porque si algo extraordinario pasa en el comedor los Piletones de Margarita es que siempre se está construyendo, en todos los sentidos de la palabra. Siempre hay ladrillos para levantar una nueva utopía. Cuando la Argentina se caía a pedazos en el 2.001 y todo se destruía yo fui a Los Piletones para ver que necesitaban, para darles una mano. Y no hizo falta. Ellos me ayudaron a mí y calmaron mi angustia porque ellos estaban construyendo y remontado la esperanza, como un barrilete. Se planifica el horizonte. Se ofrece afecto, abrazos, educación, contención y dos platos de comida caliente.

Las injusticias y las adversidades le han pegado siempre en el pecho y ella siempre respondió con más esfuerzo y con más alegría. Margarita es la cocinera de los milagros. La que prepara todos los días, con sus manos generosas y su mirada limpia el sabroso milagro de un desayuno, un almuerzo y una cena para 2.300 vecinos, sobre todo chicos y abuelos de la villa. Cada vez que recibe una donación ella lo transforma en ayuda a sus semejantes. El escudo de Margarita es el delantal.

No se lo saca nunca. Siempre está cocinando, o comprando o limpiando. ¿Qué lleva a una persona a ser solidaria hasta los huesos? A dar hasta que duela como decía la Margarita Barrientos de Calcuta. Y allí está, edificando un futuro para sus hijos y para sus vecinos. A media hora del obelisco como si estuviera en medio del monte chaqueño. Cuidando las garrafas como si fueran de oro y la manteca y dulce de batata como si fueran lujos de príncipes.

Ella sabe desde la cuna lo que es la pobreza. Le pasó de todo allá, en el fondo de Santiago del Estero, en un pueblito que está lejos de todos los pueblitos. Su madre murió temprano. Su padre los abandonó y eran once hermanos. Eso suele pasar demasiado seguido en los subsuelos de la patria. Margarita sabe desde la cuna lo que es el hambre y lo que provoca. No se lo contó nadie. Sabe muy bien cuando la panza duele porque está vacía. Se sienten como cuchillos invisibles que se clavan. Por eso hace lo que hace. Lo hace porque sueña con un país donde nunca más nadie sienta esos dolores quemantes de la miseria. Hace mucho tiempo viene lavando nuestras miserias y nuestros pecados en los piletones del Bajo Flores. Está lejos de Calcuta y muy cerca de las necesidades más profundas. Ella los ama como a sí misma. Se llama Margarita y es una flor que nos perfuma la vida.

Entre tantas pálidas y malas noticias, entre tanta polémica política mezquina que nos divide, entre tanta distancia entre el Vaticano y el Bajo Flores, bien vale la pena ver la Argentina que amanece todos los días buscando un mejor amanecer para todos. Como Margarita. Ella es de las imprescindibles. De las que luchan toda la vida. La madre Teresa del Bajo Flores. La flor más bella.

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