sábado , 16 diciembre 2017

Magallanes: Ecos de un “pueblo fantasma” para quienes aún viven

A 100 kilómetros al sureste de Punta Arenas y con 1.330 kilómetros cuadrados de superficie, isla Dawson aún encierra historias, las cuales fueron desenterradas por algunos de quienes la visitaron el lunes último.

Como un paisaje “marciano” salido de la pluma de Bradbury, en los terrenos donde alguna vez funcionó el ex campamento de Río Chico, en isla Dawson, sólo quedan los fantasmas de lo que alguna vez fue uno de los principales campos de concentración en dictadura.

Así lo pudimos comprobar el lunes al formar parte del tercer viaje realizado por ex prisioneros y familiares, buscando cerrar un triste capítulo marcado por la separación de los suyos, el confinamiento y la tortura. Esta visita fue posible gracias a la Armada de Chile, que acogió una solicitud de la Unión Comunal de Derechos Humanos de Punta Arenas, a 40 años del golpe de Estado de 1973.

Una vez más el epicentro de esta actividad fue el ex campamento de Río Chico, ubicado a 20 kilómetros de Puerto Harris.  En aquella explanada flanqueada por cerros no queda nada de sus barracas e instalaciones salvo un curso de agua intervenido por los castores y un letrero con la leyenda “Campo de entrenamiento Río Chico. Armada de Chile”, el cual llamó la atención a más de algún visitante, ya que parecía instalado hace poco, como para seguir borrando lo que alguna vez allí hubo.
Aunque la memoria es frágil, bastó una leve ojeada sobre aquella planicie para que algunos ex presos señalaran con precisión casi matemática la ubicación de los camarotes de las distintas barracas, así como de las dependencias habitadas por sus carceleros. Para despejar toda duda, algunos se valieron de borrosos planos y dibujos subidos en algún momento a Internet, entre otros, a propósito por el libro “Isla 10” (aunque la película homónima resulte extremadamente penosa para el gusto de quienes compartieron el día a día en medio de aquella verde prisión).
A modo de intervención artística y bálsamo para la memoria, en el lugar fueron depositados poemas extraídos del libro “Isla Dawson” de Aristóteles España, quien también estuvo allí confinado. Uno de ellos, depositado sobre una mata de calafate, decía: “Bajamos de la barcaza con las manos en alto a una playa triste y desconocida”.
Trabajos forzados
Los presos llegaban a cada barraca desde distinta procedencia. A la Alfa se destinaban los presos en el arma de Infantería de Marina, a la Charly arribaban los detenidos desde el Regimiento Pudeto, y al Bravo desde Asmar y de la Fach, entre otras. En tanto, un cuarto pabellón, Isla, era destinado a los presos traídos de la zona central.
Angel Vera Fernández, presidente de la Agrupación de Derechos Humanos Orlando Letelier, llegó a Río Chico después del 21 de diciembre del ’73. Allí, este militante socialista integró la barraca Charly, donde no tenían contacto con los presos del norte, salvo algún encuentro casual cuando los carceleros salían a caminar con ellos, pero su sector del campamento estaba separado.

“Había un régimen de trabajo, entonces me levantaba como a las 7 de la mañana y ahí nos formaban. Previo a ello, pasaban lista de los que estábamos en cada barraca y luego nos formaban para salir a trabajar, era todo los días”, refiere. Detrás del campamento había un bosquecito, recuerda, donde iban a buscar leña en cantidades considerables, cargando verdaderos troncos al hombro, lo que califica como trabajos forzados.
Todos los días tenían trabajo, otros días debían hacer aseo. Recuerda que a un sargento se le ocurrió quemar mucha madera, porque en una ladera cercana al campamento había un puesto de vigilancia y había troncos que de noche a los soldados les asemejaban a gente que estaba escondida. Aquello provocó una erosión terrible, ya que dichos troncos de alguna forma frenaban el impacto de la lluvia.
A alguien otra vez se le ocurrió retirar troncos desde el lecho del río Chico donde estaban incrustados, con gran desgaste físico para los presos, quienes debieron asumir en un trabajo gigantesco, tirándolos con sogas. Claro que para Vera ninguna orden resultó más burda que cuando a una veintena de ellos se les instruyó cargar un cañón montado sobre patines de madera hasta la cima del cerro, ante el rumor de que en cualquier momento podría llegar un submarino soviético o cubano a rescatarlos.
Con el tiempo, su dependencia pasó a denominarse Remo y se destinó a los presos rematados o condenados (en juicio de guerra), por lo que los cambiaron a Alfa o Bravo. El 11 de febrero de 1974, Vera salió de Dawson, antes de que a fin de año se desarmaran aquellas barracas.
Incertidumbre
A Eduardo Ojeda Alvarez, lo llevaron el mismo día del golpe a la “isla de los caiquenes”, como él llama en su blog a Dawson. Aún no estaba hecho el campamento de Río Chico, por lo que llegó a Compingín  (Compañía Ingenieros Navales). “Nosotros ni siquiera sabíamos que había muerto Allende, hasta el otro día, cuando llegó otro lote”, expresó. A él le tocó contribuir en la construcción del Río Chico, con la incógnita de no saber qué iba a pasar, “ya que el día anterior al 11 eran funcionarios públicos -él laboraba en Indap y era dirigente del partido Mapu-, estudiantes o trabajadores, y al otro día estamos detenidos y no sabíamos qué pasó”. Aunque sospechaban que podría haber un golpe militar, no sabían lo que era. En la isla estuvo un año y tres meses, y después se fue dos años relegado a Curicó y más tarde a Santiago.
Entre los visitantes, Sergio Barrientos, ex preso político, aunque no de Dawson, buscaba algunas piedras talladas en el río Chico, de las cuales se dice que el escultor “Talo” Mancilla dejó allí junto a otros. No se ven piedras, pero sí vestigios del puente que usaban para ir a recoger leña, construido por Francisco Márquez, ex dirigente de la Federación 27 de Julio.
Tan bien informado estaba que, por otro lado, evocó a Norberto Rodríguez (Q.E.P.D.), quien se sabe estuvo a cargo de hacer una represa para que el río tuviera gran volumen de agua. Antes de 1973 fue administrador de Enap Magallanes (que era el cargo máximo), posteriormente sufrió prisión y fue confinado a este campo, dejando una gran enseñanza entre sus compañeros. Después de muchos años, ya en democracia, volvería a Enap como gerente de Nuevos Negocios.
Cerrar el círculo
Uno de los presos más jóvenes, con apenas 17 años, fue Hermes Vera Vera, quien ya trabajaba en el rubro gastronómico (ayudante en el Hotel Cabo de Hornos). Su pecado fue estar inscrito en el Partido Comunista. En 1973, cerca de Navidad, llegó al campo de prisioneros en Río Chico, donde estuvo hasta fines de mayo de 1974. Como confinado, el sentimiento más fuerte era el de la incertidumbre, pues nadie sabía lo que iba a pasar. Al salir era inevitable cargar con un estigma, a quien veían diferente, casi como delincuente. Incluso esto llevó a que muchos perdieran sus familias.
Lo curioso es que un par de meses después de su paso por Río Chico lo llamaron a hacer el Servicio Militar y, como caso único –nadie se explica cómo-, le tocó volver a Dawson a desarmar unas barracas (Alfa e Isla). Sin embargo, aquella huella de su pasado lo traería de vuelta el lunes, calificando este retorno como el “cerrar un círculo, un sentimiento o algo emocional”.

La Prensa Austral

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