Martes , 28 marzo 2017
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La mar estaba serena, hasta que llegó la marea roja

Por Dr. Máximo Frangópulos Rivera (Director Científico Centro Regional Fundación Cequa)

Punta Arenas.- “La mar nos habla y nos dice que es finita y que debemos cuidarla, no codiciarla, sino dejará de entregarnos sus preciados recursos que han permitido durante años a muchos sobrevivir a expensas de ellos”

Para los magallánicos de tomo y lomo, también los de corazón y para aquellos que han residido en nuestra región durante muchos años, el tema de la marea roja es casi parte de nuestro acervo cultural y un fenómeno natural con el cual, a pesar de los impactos sociales, económicos, turísticos y de salud pública que nos ha ocasionado en algunas oportunidades, ya hemos aprendido a convivir. Los pescadores artesanales de esta tierra conocen por experiencia propia de los cierres y prohibiciones de extracción de mariscos en el borde costero y canales aledaños, de los análisis que deben de realizarle a sus productos en el Servicio de Salud Regional, para que estos puedan ser comercializados de manera segura, en los locales que cuenten con la autorización para ello, y de la reconversión laboral, que han debido de padecer en algunas oportunidades, cuando estos eventos han sido de gran intensidad en nuestra región. Pero como en muchas ocasiones, y sobre todo antes de la existencia de las redes sociales y de las reivindicaciones regionales, normalmente lo que pasaba aquí, se quedaba aquí y el resto del país no se enteraba. Tal vez por ello que el bombazo mediático nacional e internacional que generó la noticia del intenso bloom o florecimiento microalgal del dinoflagelado tóxico Alexandrium catenella (del griego dinos, que significa girar y del latín flagellum, que se traduce como látigo, ya que esas microalgas poseen dos flagelos que le permiten un desplazamiento voluntario), en la Región de los Lagos, a nosotros como región al menos, y desde mi punto de vista, no nos llamó tanto la atención como al resto del país, poco acostumbrado a este tipo de eventos, y que gracias a los nuevos medios digitales, se viralizó y fue destacada noticia en cuanto portal de noticias había disponible.

La microalga productora del Veneno paralizante de los mariscos o VPM, como le conocen mejor los que trabajamos en esta materia, y que produjo la paralización y bloqueo de la isla grande de Chiloé por casi dos semanas, y que persiste en las costas de las regiones de los Ríos y los Lagos (y que por un tiempo más permanecerá retenida en los mariscos que filtran el agua para alimentarse del fitoplancton circundante y que son el sustento del sector extractivo artesanal), es la misma que fue identificada por primera vez para Chile en 1972 en Magallanes por los investigadores Leonardo Guzmán e Italo Campodónico (a quienes tuve la suerte y el privilegio de tener como profesores primero, cuando cursé Licenciatura en Biología en la Umag y al Dr. Guzmán como colega posteriormente, en Ifop y como asesor científico de Cequa), como causante de la muerte de tres pescadores artesanales en bahía Bell, sector de seno Pedro, al sur oeste de Punta Arenas. A partir de esa fecha ha estado presente de manera discreta durante la década de los 80’s, con proliferaciones localizadas en sectores de fiordos y canales de Magallanes, y de manera permanente a contar de 1991, siendo el periodo 1991-92 el más complejo para la salud pública local, ya que se tuvo que lamentar el fallecimiento de 13 personas por consumo de mariscos intoxicados con VPM. Pero esto fue hace 20 años atrás y el poder mediático no era tan intenso como ahora, por lo tanto, para gran parte del país y a pesar de las penosas bajas producidas por estos episodios tóxicos, prácticamente pasaron inadvertidas. No obstante, dada esta recurrencia de eventos en la región, a contar de 1997 el Instituto de Fomento Pesquero pudo relevar un Programa de Monitoreo de este fenómeno, que hasta el día de hoy se mantiene de forma ininterrumpida, entre las regiones de los Lagos y Magallanes y que fue el primero que alertó de cambios en las concentraciones de algas tóxicas y en la toxicidad de los mariscos en la zona afectada en febrero pasado.

Pero volviendo al episodio actual, las preguntas que todo el mundo se ha hecho es si este evento guarda relación alguna con el cambio global que experimenta nuestro planeta y con el fenómeno del niño y a priori la respuesta a ambas interrogantes es sí. Estamos viviendo (casi finalizando) un fenómeno del Niño de escala global muy intensa, con incrementos de la temperatura del agua en la zona del brote tóxico de hasta 4 grados Celsius por sobre la media de un año normal, con un verano muy atípico con alta radiación solar, altas temperaturas ambientales, poca lluvia, por lo tanto, poca escorrentía de aguas continentales de origen en ríos y en glaciares y, por ende, un incremento de la salinidad, sumados al transporte por efecto del Niño de aguas ecuatoriales de bajo contenido en oxígeno y alto en nutrientes, y vientos suaves pero constantes, todo un caldo de cultivo extraordinario en variables climático oceanográficas que pareciera que se hubieran coludido (como otros que no vale la pena mencionar aquí), para dar a luz al que se menciona como el mega florecimiento algal nunca antes observado en la Región de Los Lagos y menos en Sudamérica. Todas estas condiciones oceanográficas, sumadas a las descargas típicas de desechos de actividades de origen antropogénico, como la agricultura, la acuicultura muy predominante en la zona y los propios desechos de las comunidades y ciudades que se desarrollan a las orillas de mar, que son identificados por todos los investigadores que trabajan en este fenómeno como uno de los factores que han contribuido a la intensificación en frecuencia de los eventos de marea roja a nivel mundial, generaron un ambiente propicio para que se multipliquen de manera explosiva y muy rápida las poblaciones de fitoplancton (en este caso Alexandrium catenella), constituyendo una masiva Floración Algal Nociva (cuyo acrónimo es Fan y es el nombre técnico con que se conocen las mareas rojas), las cuales sabemos no tienen normalmente efectos sobre los organismos filtradores invertebrados que las consumen (choros, cholgas, almejas, ostiones, piures, picorocos, entre otros) pero si sobre los vertebrados superiores, como peces planctívoros, aves, mamíferos marinos y el hombre.

Bien, luego de este bombardeo de información relativa a dicho acontecimiento, la pregunta que cabe hacerse ahora es que nos dice todo esto, ¿qué podemos hacer frente a este fenómeno y cómo podemos interpretarlo? Desde mi humilde opinión, desafortunadamente no creo que sea un evento aislado y pienso que como ocurrió en Magallanes, los habitantes de la isla de Chiloé y sectores aledaños (en algunos poblados del mar interior de Chiloé ya se había informado en años anteriores, a través del monitoreo regular, de la presencia de A. catenella, pero con bajas densidades celulares), dedicados a labores extractivas, deberán aprenden a convivir desde ahora en adelante con el fenómeno, y que seguramente responderá de diferentes formas en los años venideros, ojalá no manifestándose con la misma intensidad de este año, pero si significará y conducirá a larga, hacia un cambio cultural y por qué no, a una reconversión parcial en la zona y su gente, sobre todo por la importancia y dependencia de los recursos marinos en la economía local. Ya no verán a esa mar, casi siempre serena, con los mismos ojos. La mar nos habla y nos dice que es finita y que debemos cuidarla, no codiciarla, sino dejará de entregarnos sus preciados recursos que han permitido durante años a muchos sobrevivir a expensas de ellos.

Por ahora lo que resta es creer un poco más que la ciencia nacional y sus investigadores pueden ayudar a hacer que las personas y nuestra sociedad sean un poco más felices, a creer que la misma puede ser promotora de cambios significativos y de innovaciones y que es la verdadera herramienta que nos puede conducir en algún momento, por qué no, a encontrar una respuesta que permita anticiparnos a estos eventos y enfrentarlos de otra forma, estando más preparados y más conscientes de sus implicancias y alcances. Ojalá que el Estado, a partir de estos fenómenos (lamentable que seamos siempre así, reactivos en vez de proactivos), busque la forma de otorgar más financiamiento destinado a la generación de conocimiento, mejorando e incrementando los instrumentos y medios de financiamiento, pero equilibrando la balanza entre las necesidades sociales y las del conocimiento, porque de verdad que falta más investigación en este país de tantos desequilibrios.

(La Prensa Austral)

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