Martes , 23 mayo 2017

La justicia no se hizo eco

El nuevo editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi palabra

 

La información agrega tristeza a la tristeza. Suma impunidad y angustia al agujero negro de la muerte joven. Aunque ustedes no lo crean, la Corte Suprema de Santa Fé dejó prescribir la causa de la tragedia del Colegio Ecos. Así como lo escuchan. La causa prescribió. La justicia rechazó el recurso de apelación. Los magistrados no se hicieron eco de los reclamos de los familiares y hoy no hay culpables. No hay victimarios, solo víctimas que no descansan en paz.

Falta poco para que se cumplan diez años. Sin embargo los expedientes no dicen nada. Nadie chocó. Nadie fue responsable. Nadie tomó alcohol. Nadie condujo mal. Eso es lo que dijo Sergio Levin, el padre de uno de los pibes que quedó atrapado en ese ataúd sobre ruedas.

Dicen que el juez no le tomó ni declaración al chofer del micro. Que nadie sabe si hizo bien o hizo mal su trabajo profesional.

Estamos hablando de nueve pibes y una profesora que murieron en medio de la ruta, cerca de Santa Fe. Un camión conducido por un chofer borracho que venía haciendo zigzag los chocó de frente. Volvían de darle una mano generosa a una escuela muy humilde del Chaco y por eso el día de la tragedia, también es el día del estudiante solidario. La bandera que los chicos colgaron en el micro decía: “Sabernos juntos nos hace más fuertes”. Allí murieron Nico, Justina, Delfina, Federico, Daniela, Benjamín, Julieta, Lucas, Juli y la profe, Mariana.

Hace casi una década que sus padres y amigos vienen luchando para que se haga justicia y para evitar tantos siniestros viales tan siniestros. Ese genocidio encubierto que se lleva 5 mil vidas por año. Formaron “Conduciendo a conciencia” y pudieron hacer mucho pero todavía es mucho lo que les falta. Uno de las personas que más cerca estuvo y que más les puso el hombro fue el flaco Luis Alberto Spinetta que ahora también se les fue. Ese genio almendrado que tanto extrañamos siempre consolaba a los padres con la misma frase: “nuestro destino es ser semilla”. Hubo recitales en el Luna Park. Esas semillas sembraron un recital que juntó todo tipo de donaciones para aquellos que más necesitan. Participaron varios grupos musicales bajo esa consigna integradora que dice: “Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser”.

Son los ecos de aquella tragedia que les provocó a los padres el dolor más grande que cualquiera pueda imaginar. Siempre se dice que es tan terrible el desgarro que ni siquiera existe una palabra para nombrarlo. Los chicos que pierden a sus padres son huérfanos. Pero los padres que pierden a sus hijos ¿Qué son? Fantasmas a los que les robaron para siempre la capacidad de ser felices. Corajudos seres humanos con un agujero negro en el corazón. Miradas que ya no tendrán chispas de alegría en los ojos. ¿Cómo se puede nombrar esas heridas en carne viva sin caer en los alaridos? ¿Cómo se puede seguir viviendo? No hay una única respuesta. Pero la respuesta que encontraron los padres de los chicos del colegio Ecos fue seguir el ejemplo de sus hijos y sembrar solidaridad para cosechar una sociedad más justa. En eso creían sus hijos y en eso creen sus padres. En transformar la tragedia en solidaridad. Sus hijos habían ido a una escuelita muy humilde del Chaco para transformar la tragedia de la pobreza y la marginalidad en solidaridad que ponga en movimiento los mejores valores de los seres humanos. Sus padres siguen el camino que los hijos le marcaron. Estos también son padres paridos por sus hijos.

En homenaje a ellos el flaco Spinetta y León Gieco compusieron un tema llamado 8 de octubre que dice: “Abrazo y corazón / mi grito es el de tu voz / viento y libertad / mi huella es la de tu andar /  fuego y fragilidad / lágrimas de tu humedad / luna y bendición / mi brillo es el de tu sol.”

Esos chicos perdieron sus vidas en la ruta, atrapados entre el micro que los transportaba y el camión sin habilitación que los chocó de frente y que era conducido por una persona que estaba borracha. Su viaje podría haber sido pura celebración, baile nocturno y paseo turístico. Y no hubiera estado mal. Todos tienen derecho a divertirse. Pero ellos eligieron el camino de crecer como seres humanos dándole una mano a sus semejantes. Ayudando para ayudarse. Haciendo el bien sin mirar a quien. Ofreciendo su corazón. Para decirnos que no todo está perdido. Los padres quieren que toda esa energía solidaria se siga canalizando porque es la mejor forma de reencontrarse con sus hijos. Multiplicar la solidaridad. Transformar la tragedia en luz…

Es increíble que la causa haya prescripto como si nada hubiera pasado y pasó lo peor.

Hace unos años, Cristina, que es la madre coraje de Delfina me enseñó algo muy profundo. Me dijo que los padres también pueden heredar a sus hijos y aprender de ellos. Y es lo que ella siente después de la muerte de su hija menor. Delfina tenía 16 años y ya era muy conocida y premiada por sus poemas. Estaba a punto de publicar su primer libro. Cristina lo publicó y le puso como título el de su último poema. Es estremecedor y premonitorio: Tiempo efímero. Tal vez en esas dos palabras, tiempo efímero, esté la explicación de todas nuestras angustias y de todos nuestros abismos. Tal vez el aire fresco de ese poema le permita seguir respirando a Delfina y a todos sus compañeros. Aunque la muerte nos separe. Aunque la justicia no se haga eco y no sea justicia.

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