viernes , 15 diciembre 2017
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La desigualdad es una Barbie auténtica

Por Silvana Melo Agencia de Noticias Pelota de Trapo

Cerca de la medianoche del 5 de enero (cuando ya rondaban los caminantes más desguazados por la historia, ya sin reinados ni buena estrella), una piedra hizo estallar una vidriera. Detrás, una Barbie impecable, con su rosa particular, su rubio platinado de clase, sus formas imposibles para una piba del barrio. La caja se sacudió apenas con los cristales que la agredieron. Y quedó al alcance de la mano. Trémula, al alcance de la mano.

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La clave está en la desigualdad. El pecado de origen. La culpa de nacer en el ámbito equivocado. La fatalidad de llegar desnudo, como todo el mundo, pero caer del lado de la desnudez brutal. Y no en la otra mitad. La de los algodones, el perfume sutil, la teta copiosa y la noche segura.

“La recurrente manía del igualitarismo” es el título de un texto publicado en La Nación y firmado por Alberto Benegas Lynch, hijo. Lo que presupone la preexistencia de un Alberto Benegas Lynch, padre. Y toda una prosapia destinada, probablemente, a negar conceptual y fácticamente la posibilidad de construir una sociedad igualitaria que, entre los ingresos a distribuir, acopie felicidad de la buena. “La manía del igualitarismo lleva a los aparatos estatales a ocuparse de ‘redistribuir ingresos’” pero “los ingresos no se distribuyen, se ganan”, dice, citando a Thomas Sowell.

Ahí está la clave. Caer en un barrio de confines. Sacudido por inseguridades, diarreas, bronquiolitis y nutriciones escasas. O en la casa sólida, sin peligro de monóxido de carbono en el invierno y de velas criminales (aunque los criminales sean otros) en el verano asfixiante y sin luz. No es lo mismo empezar a caminar desde un punto de partida o desde el otro. No es lo mismo.

Había juntado, dicen, las piedras en un estacionamiento cercano. Las guardó en el bolso y esperó el momento perfecto. Aunque no existen momentos perfectos cuando hay que salir a buscar a empellones aquello que se le quitó. Que se le negó por origen. Y por culpabilidad. “Los ingresos no se distribuyen, se ganan”, dice Benegas Lynch (hijo) que dijo Thomas Sowell. Ella no se ganó nada. Es más, seguramente está en deuda con el Estado por aquel óbolo caritativo/clientelar que habrá sabido dejar en su mesa o en la de sus padres, en su red Banelco o en la de sus padres a cambio de que vaya a la escuela y se vacune.

Diez millones de pobres hay, dice el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica. Mientras que el INDEC cuenta 1.770.000. Hay una diferencia. Casi cinco millones son niños, dice la UCA. El INDEC, no se sabe. Pero si se mantiene la proporción, serían unos 800.000. Es imposible gobernar para mejorar las vidas anónimas si esas vidas se esconden. Se niegan. No existen. No están incluidas en las carpetas donde se escriben las políticas públicas. No comen, no les aumenta el pan y la leche, se ubican en un limbo desclasado y despaisado. Ocho millones de fantasmas con hambre de ser.

“Anthony de Jasay –sigue citando Benegas Lynch hijo- apunta que la metáfora, tomada del deporte, que dice que todos deberían partir de la misma línea de largada en la carrera por la vida, sin ventajas de herencia, es autodestructiva. Esto es así porque el que se esforzó por llegar primero y ganar la carrera percibirá que en la próxima largada habrá que nivelar nuevamente, con lo que el esfuerzo realizado resultó inútil”.

El diario dice que fue “un curioso episodio” y que ella es “una menor”. En realidad tiene 15 años. Y aparece sin historia. Tal vez haya asomado con alguien desde la dura noche a la vidriera brillante del comercio de electrodomésticos. Donde brillaba también, en el centro de la vidriera brillante, la Barbie auténtica, inalcanzable, cara como son caros los productos del capitalismo para los niños incluidos entre la hierba buena del sistema. Para la paja brava (que es resistente y no cuentan con ese detalle) están las imitaciones, el plástico pedestre, la peponas de trapo. Pero sacó la piedra del bolso, se cargó la vidriera brillante y necesitó los dos brazos para llevarse la caja. En la noche entrada del 5 de enero, cuando ya merodean los reyes que resplandecen y los otros, los pajes a pie, con los dedos al aire, sin camellos ni túnicas, esas calles de Olavarría todavía tienen vida.

“Por otra parte, el tedio sería insoportable en una sociedad igualitaria; la misma conversación con otro sería similar a hablar con el espejo”, dice Benegas Lynch. Hijo.

Entre los chicos menores de 6 años, al 29% no se les contó nunca un cuento. Al 13% no se les festejan los cumpleaños. Ladeados de la magia y la celebración de la vida, sería aburridísimo para ellos que todos conocieran el elefante de una tal Elsa Bornemann. O que todos acumularan deseos con ojos apretados antes de terminar con la llama de una mínima vela.

En el mismo instante en que abrazó la caja empezó a correr. Sería, acaso su propio rey mago, ausente por decreto. O el de su niña, si es que la tiene. Ella o las dos habrían dejado en la puerta un par de zapatos. Con la esperanza de que apareciera allí, envuelta en papel rojo, una vida nueva. O una Barbie de las de verdad. Pero la policía, fiel a la decisión sistémica de represión localizada (la infancia pobre es uno de los sectores del cuerpo social más fastidiante), “la retuvo cuando intentaba escapar”. Dice el diario con el lenguaje habitual del noticiario del crimen. “Se investiga la presunta participación de otra persona en el hecho”. La guardaron en la comisaría –donde legalmente no debía estar- hasta que decidieron hacia dónde la dejarían ir.

La clave está en la desigualdad. El pecado de origen. La infracción de nacer en una ochava oscura de la carrera. Falta que harán pagar al infractor en cada posta de su vida. Donde no hay ni puede haber Barbies legítimas. Ni llaves que abran las puertas del otro lado. Donde se vende felicidad y tortas de chocolate.

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