lunes , 23 septiembre 2019

Fracaso de la política antiinflacionaria

Por qué no funcionaron los intentos del gobierno por reducir la presión alcista en el IPC

Una inflación de 4,7% en marzo. Un acumulado de 11,8% en los primeros tres meses del año y una proyección de más de 15% para el primer cuatrimestre de 2019. Un 54,7% anualizado, y una suma de 188% en toda la gestión de Cambiemos. Cuando Mauricio Macri concluya esta gestión, será inevitable que el alza de los precios supere el 200% desde que asumió el 10 de diciembre de 2015.

Cualquiera sea el resultado que se obtenga hasta fin de año en la evolución del Índice de Precios al Consumidor (IPC), el Gobierno de Mauricio Macri no podrá escapar a una dura realidad: habrán fracasado todos sus planes de control de la inflación. La conclusión lleva aún más gravedad si se tiene en cuenta que era el principal problema económico que debía resolver para el bienestar de todos los argentinos. Antes que la salida del default y del cepo, antes de pensar en la manera en que se debieran reestructurar las tarifas de servicios públicos, antes de definir una política cambiaria y antes de planificar la forma en que se abriría la economía hacia otros mercados, Macri y su primer equipo económico (el de diciembre de 2015) tendrían que haber diseñado un plan serio, profundo y coherente para dominar una inflación heredada que se acercaba al 25% anual, según la medición del Índice Congreso que el propio Cambiemos avalaba en aquellos tiempos de intervención morenista en el INDEC. Era responsabilidad de Mauricio Macri y del resto de los dirigentes con poder de decisión que integrarían su gabinete llevar a la praxis la solución de corto, mediano y largo plazo para ir reduciendo el alza de los precios. Debían haber comprendido Macri y aquellos funcionarios (muchos de los cuales, la mayoría, quedaron en el camino) que el resto de las medidas lanzadas en aquel esperanzador comienzo de Cambiemos tendrían que haber estado alineadas con ese norte que era eliminar el flagelo inflacionario.

Con la distancia que da el tiempo, aún no queda claro qué quería decir Macri en aquellos momentos de campaña presidencial, cuando afirmaba que su sola presencia solucionaría el problema. Y que la inflación representaba la incapacidad de un gobernante. Tendrá que explicar en algún momento -quizá en la próxima campaña- si aquellas declaraciones formaban parte en realidad de una estrategia electoral sin sustento ni elaboración previa. Si fue así, fueron un acto de irresponsabilidad. Si, por el contrario, efectivamente creía el Macri preelectoral que con su sola llegada a la Casa Rosada los precios comenzarían a alinearse y la inflación a contenerse, estamos ante uno de los errores de diagnóstico más graves desde la llegada de la democracia en 1983.

Con el correr del tiempo, Macri tuvo dos nuevas oportunidades de dominar la nave. La primera fue luego de las elecciones legislativas de 2017. La segunda, cuando se negoció el segundo stand by con el FMI, en septiembre de 2018. En el primer caso todo fracasó cuando, ante la borrachera que evidentemente generó la victoria de aquellas ya lejanas elecciones, Macri avaló la conferencia de prensa organizada el 28-D por el jefe de Gabinete, Marcos Peña, por la cual se abandonaron las serias y duras metas inflacionarias diseñadas por el entonces titular del Banco Central, Federico Sturzenegger. En el segundo caso, el faro fue fijado por el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y consistía en un plan durísimo de estabilización monetaria basado en el déficit cero, con la reducción de la inflación como meta secundaria. Recién en esta última experiencia, el Gobierno interpretó que parte de la solución pasaba por una política fiscal restrictiva y, de ser necesario, con una recesión que lleve al mercado interno a su mínima expresión. Fue un programa acompañado con un alza en las tasas de interés a niveles exorbitantes y enemigas de cualquier intento reactivador. Era una rendición de Mauricio Macri a lograr un 2019 con crecimiento de la economía pero, al menos, con una reducción en la velocidad inflacionaria. Sería como segundo paso y como consecuencia de haber conseguido primero la estabilidad del dólar y del tipo de cambio.

Hubo dos momentos concretos en que la estrategia se nubló, y obligó a un cambio de estructuras. El primero fue el 14 de febrero pasado, cuando se anunció la inflación de enero de 2,9%. El segundo fue ayer, donde el 4,7% del IPC de marzo quemó nuevamente los papeles oficiales. El Gobierno sólo esperaba presión inflacionaria para esta parte del año, como consecuencia de la decisión política de apelotonar en el primer tramo de 2019 los aumentos tarifarios con la ilusión de que el votante se olvide de los incrementos en el gas, la electricidad y el agua en el momento de elegir al próximo jefe de Estado. No funcionó la estrategia. El aumento en los valores de los alimentos y bebidas por encima de los servicios, sumado a la presión del dólar y las alzas en los combustibles, dinamitaron el mecano oficial.

Hacia adelante Macri tiene una última oportunidad: que efectivamente el dato de marzo sea un pico, que el indicador comience a bajar. Y que para el período julio-octubre el porcentaje se ubique por debajo del 2%. Será difícil, pero aún el Gobierno puede alcanzar la escueta meta que la asfixiante presión inflacionaria está haciendo ceder. Aunque sólo sea para darles aire a los angustiados ciudadanos, que vieron cómo en sólo un mes sus salarios perdieron casi un 5% de su poder de compra. Y que en lo que va del año, el recorte en su riqueza supera ya el 11%. Demasiado para una población que viene castigada luego de un devastador 2018. Y un fantasma amenazante para un Gobierno que debe plebiscitarse en las urnas en muy poco tiempo. La meta ahora es una inflación final de algo más de 30%, pero que no llegue al 40%. Un nivel de todas formas imperdonable para un plan cuya base es aspirar todos los pesos posibles y existentes del mercado y fomentar una recesión basada en secar el mercado interno. Plan que hoy tendrá su réquiem con el programa algo disléxico de fomento del consumo, lanzado por un Gobierno que no cree en las medidas que se presentarán, pero que debió aplicar bajo presión de la Unión Cívica Radical.

¿Qué pasó? ¿Por qué fracasó Cambiemos en el combate a la inflación? Por una cuestión tan simple de identificar como compleja de ejecutar. En un país como la Argentina, donde la indexación de los precios tiene raíces más culturales que fiscales o monetarias, sólo será posible terminar con el flagelo a través de una muy seria y creíble política de Estado de largo plazo, donde intervengan todos los actores políticos, económicos y sociales del país. Sin esta convicción, todos serán parches e intentos que terminarán siendo fallidos. Sólo un acuerdo político serio y profundo podrá torcer la historia. No es una utopía. Hay ejemplos concretos sobre el éxito de la propuesta. El más claro es el caso israelí de la década del 80, donde luego de una asonada popular ante una inflación con niveles similares a los actuales del país, la clase política resolvió fomentar un acuerdo general basado en una reducción del gasto público, pero sin afectar con más impuestos a una sociedad angustiada por una crisis que no paraba de azotar al pueblo de ese país.

La clase política criolla tiene hoy la oportunidad histórica de demostrar que también está a la altura de las circunstancias. Y que puede generar un acuerdo político, económico y social de largo plazo que, gane quien gane, gobierne quien gobierne, garantice su cumplimiento. De no hacerlo, y de optarse por una nueva campaña autodestructiva que lleve a un ganador o ganadora en las elecciones de octubre que sienta -otra vez- que con su sola presencia se vencerá la inflación, será inevitable otro fracaso en el único norte que debe tener una política económica argentina en la actualidad: derrotar la inflación.

Mientras tanto, sólo podrán esperarse paliativos. Y lamentarse por otro año complicado. Casi perdido. Hace unos días el animador y periodista Sebastián Wainraich bramó una triste pero realista máxima: “Es demasiado pronto para saber que 2019 será un año de mierda”.

Párrafo aparte merece el que quizá sea el mejor funcionario de toda la era Mauricio Macri. El titular del Indec, Jorge Todesca, heredó un organismo devastado por la intervención de Guillermo Moreno amparada militantemente por Néstor y Cristina Kirchner. Con profesionalismo y sin importar que cada dato que publica es un martillazo contra el Gobierno que lo nombró, Todesca demuestra una independencia en su trabajo digna de elogio. Cualquier Gobierno serio debería garantizar su continuidad más allá de 2019.

 

 

 

 

 

 

(iF)Ambito.com

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