Domingo , 28 mayo 2017

Extrañamos a Daniel

El nuevo editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi palabra

Este domingo es el día del niño y además se cumple un año de la muerte de Daniel Rabinovich. Creo que el gran secreto del talento de Daniel es que nunca dejó de ser un chico. Que se divertía y disfrutaba de la vida con esa mirada limpia e inocente que tienen los pibes. Y simultáneamente pensé en que para los chicos que están enfermos, no hay mejor regalo que las sonrisas envueltas en celofán que les suelen llevar los payasos de “Alegría intensiva”.

Son dos historias de felicidad que quiero unir en matrimonio periodístico en esta columna.

Porque “Alegría Intensiva” es una organización no gubernamental y sin fines de lucro que, como si fueran un Papa Noel de todos los días, llevan a los hospitales fantasías, canciones y sorpresas que siempre terminan en carcajadas de felicidad. Hace 8 años que trabajan con clowns y payasos y ya aplicaron su terapia a más de 300 mil chicos que estaban internados con distinto tipo de dolencias. No solamente se ponen una nariz roja. Se capacitan en el arte de hacer reír y en el acompañar a los que sufren. El humor suele ser el mejor de los remedios. Está comprobado científicamente en varios hospitales del mundo donde también funcionan estas organizaciones de zapatones inmensos, pantalones amarillos con lunares rojos y las máscaras pintadas en sus caras. Son los que llevan luz y esperanza allí donde hay dolor e incertidumbre. Le cuento una historia que cuentan los muchachos y muchachas de “Alegría Intensiva”. Thiago conmovió al país. Con sólo 7 años y tras pasar la etapa más complicada de un tratamiento contra la leucemia, bailó y cantó junto a los payasos. Ese momento fue registrado por su madre en un video que apareció en varios portales de noticias.

En febrero de 2015 a Thiago le diagnosticaron leucemia en el hospital Houssay y fue trasladado automáticamente al hospital Posadas. Alejandra, su madre, nos contó cómo empezó lo que ella definió como una pesadilla: “Sentí que se me venía el mundo abajo. Tuve que secar las lágrimas, tragar saliva y ponerle el pecho”.

Empezó el tratamiento mientras su mamá trataba de explicarle qué le estaba pasando. “Él no entendía por qué de golpe no podía correr. Estaba internado, sentía dolor. Le dije que eran unos bichitos que le entraron en la sangre y que tenía que tomar la medicación para que le mataran los bichitos”.

Thiago cambió de repente. “No hablaba con nadie, odiaba el hospital. Lo fue entendiendo y después de dos bloques de internación le cayó la ficha y volvió a ser él”, contó Alejandra.

Desde chiquito, a Thiago siempre le gustaba disfrazarse. Cuando iba al hospital le pedía a su mamá que le llevara los disfraces. “Con los compañeritos de la sala siempre fue medio payasito”, contó su mamá entre risas.

En noviembre del año pasado terminó con las internaciones y la quimioterapia. Actualmente está en etapa de mantenimiento. Lo más duro ya pasó.

En el hospital conoció a los doctores Lagarza y Preparado, de Alegría Intensiva, a quienes veía cuando divertían semana a semana a los chicos que aguardan ser atendidos en las salas de espera de Hematooncología y Pediatría del hospital. Se acercó especialmente a ellos durante un tiempo en el que le tocó estar internado.

Un día que había ido al hospital disfrazado de Topa, el animador infantil, el Dr. Preparado se le acercó, hablaron y Thiago se sumó a los payasos. “Se puso a cantar, fue todo muy espontáneo”, recordó la mamá.

Al terminar, ella le preguntó qué pensó en ese momento. “Yo muchas veces estuve sentado en el hospital de día y es feo estar esperando a que te llamen, que te atiendan. Yo sé que te da miedo que te pinchen”, le respondió.

“Se pone en el lugar del otro. Como él ya estuvo ahí, quiso distraerlos por un ratito, que se diviertan y que canten con él”, dijo la mamá. ¿Se da cuenta de ese milagro solidario de ponerse en el lugar del otro?

La historia de Daniel Rabinovich es más conocida. Hace un año que los argentinos tenemos una sonrisa menos y un agujero negro más en el alma. La muerte de Daniel Rabinovich nos dolió en todo el cuerpo porque era un argentino genial en sus capacidades musicales, humorísticas y personales. Amigo de Serrat, del Negro Fontanarrosa, y de Magdalena fue un admirador de Raúl Alfonsín y un defensor permanente de la democracia, la libertad y los derechos humanos. Tuvo la generosidad de presentar mi libro anterior y leer un texto que yo había escrito sobre el desgarro de la AMIA. Daniel, tenía la estatura intelectual suficiente para componer melodías, parir letras y carcajadas y sentarse a escribir literatura que tal vez, era lo que más disfrutaba junto con los asaditos y jugar al dominó. Con Jorge Guinzburg y Tato Bores tal vez se diputen en el cielo de la alegría el título de haber sido el Woody Allen argentino.

Una vez en un café me confesó que habían invitado a Les Luthiers al festival de Cosquin y que eso le despertaba más temor que actuar en el Colón como lo hicieron varias veces. Yo me atreví a decirle que la Plaza Próspero Molina se iba a poner de pié para aplaudirlos y rendirles homenaje a su talento tan argentino y que tan bien pintaba su aldea. Casi le rogué que aceptaran treparse al escenario Atahualpa Yupanqui. Sabía además del amor de Daniel y sus compañeros por el folcklore. Muchas veces se dieron el gusto de cantar nuestra música criolla en serio y en broma. Un día me llamó por teléfono y me dijo que me querían invitar a compartir desde el escenario su actuación en Cosquín. Jamás olvidaré aquel espectáculo maravilloso que yo observaba tras bambalinas. Yo miraba de frente a esas 12 mil personas que desbordaron las localidades y las espaldas de los maestros del humor de calidad que jamás cayó en la grosería ni el golpe bajo. Ellos estaban con sus ponchos blancos, felices entre las chacareras y las vidalas. La primera vez que hablé con él fue por teléfono. Llamó a la radio y me dijo cuatro palabras: “Que huevos que tenés”. Yo acababa de decir una columna fuerte y descarnada contra algún gobernante.

Daniel Rabinovich fue una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida. Disfrutaba como un chico de cada momento. Fue una pieza clave de Les Luthiers.

Ellos podrían haberse quedado en el humor inteligente para pocos, en el elitismo culturoso. En esa actitud de algunos presuntos intelectuales que se creen que mientras menos gente va a verlos más geniales son. Nunca fueron sectarios ni excluyentes. Supe como llenaron la cancha de fútbol del Sevilla en España y de esa vocación por buscar la felicidad del pueblo a través de la risa. Uno sabe que Daniel volverá y será millones de carcajadas.

La ética fue el soporte para ejercer su tarea creativa. Ganaron todo el dinero que se merecen por su trabajo, pero nunca cedieron a la tentación de la máquina de chorizos, de caer en el mercantilismo trucho que todo lo traduce a dólares y destruye el arte. Se respetaron a si mismos y nos respetaron a nosotros.

Tenían una ley interna que era sagrada: la ley del no jodás que se basa en el principio de la incomodidad respetable. Un teorema científico que dice así: cuando a alguno le jode demasiado que lo jodamos un poco no lo jodamos ni siquiera un poco porque sería joderlo demasiado. Brillantes brillaron en el Lincoln Center de Nueva York. Me pongo de pié para nombrarlos, y acompañarlos a un año de aquella pérdida a mis queridos Luthiers: Carlos Nuñez Cortes, Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich que en paz descanse. Querido Daniel, hace un año que te extrañamos. Nos falta más gente como vos que quiera jugar y nos sobran mediocres que solo quieren odiar.

Te confieso que se me ocurrió una idea. O en realidad una travesura. Imaginar por un momento que el domingo volvés con tus compañeros y con los chicos de Alegría Intensiva salen a suministrar por los hospitales pediátricos la mejor de las medicinas: la risa. Un niño nunca pierde la capacidad de imaginar ni de jugar. Y eso nos define como seres humanos. Es mentira que Daniel no está. Se lo puede encontrar en la alegría de cada pibe, en la sonrisa de cada argentino.

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