lunes , 22 octubre 2018

El ajedrez político de Peralta

Por Lorenzo Quijano para El Espejo Diario

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Luego de los resultados que arrojó una encuesta de imagen encargada por la agrupación La Cámpora y que fuera publicada recientemente, Daniel Peralta (el gran perdedor en la mencionada encuesta), decidió que, si quería conservar su precaria gobernabilidad y asegurarse un lugar en las gateras del 2015, debía mover el tablero una vez más e inclusive, sacrificar algunas piezas. En este ajedrez político que desarrolla una partida reñida en el tablero de Santa Cruz, tiene por un lado al Master de este juego, el Gobierno Nacional con la Reina Negra comandando las jugadas de su Alfil oscuro, Julio De Vido, y por el otro a un principiante avezado, el gobernador Daniel Peralta. Escaso ya de peones que sacrificar, con la Reina Blanca inmóvil y olvidada en un rincón del campo enemigo, Peralta manda ahora a la batalla a un Alfil que aprendió a moverse cómodo por todo el tablero y a un Caballo que, saltando hábilmente en los escaques, logró posicionarse muy cerca del Rey de Peralta en actitud expectante y defensiva de su monarca, quien ya lo ve, (tal vez engañado por sus pulidas líneas), casi con la esbeltez arrogante de una nueva Reina. Así la partida, el Alfil comenzó a recorrer hábil y bastante libre todo el tablero político en actitud más persuasiva que agresiva, acercándose cautamente a los peones contrarios a recordarles que su Rey puede ser generoso con los colaboradores y mezquino con los enemigos.

Por su parte, el Caballito hace lo propio pero sin descuidar el entorno inmediato de su Rey, no sea cosa que alguna otra pieza cercana le arrebate su privilegiado casillero junto al monarca o, lo que sería peor, podría producirse el regreso intempestivo de la Reina a disputarle el casillero logrado con tanto esfuerzo. No obstante, la visión panorámica del tablero no tranquiliza al aprendiz avezado para nada. Las oscuras huestes del Master lo rodean amenazantes y prontas a ganar casilleros de su entorno. Pocas piezas le quedan al desafiante aprendiz: algún que otro peón en algún casillero lejano, una Torre tal vez, su Caballo saltarín, el Alfil viajero y allá, a lo lejos, la Reina Blanca observándolo todo, pasiva e impasible en una tensa espera, más cerca de la Reina Negra que de su Rey descolorido, quien confía más en un Caballo saltarín que en su propia Reina.

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