Lunes , 27 marzo 2017
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Conadep de la corrupción

El nuevo editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi palabra

Las escenas de corrupción explícita de José López han herido la sensibilidad de los argentinos. Humillaron a los más pobres porque solamente con los 9 millones de dólares que trató de esconder en el monasterio, se podrían comprar 300 patrulleros o construir un hospital de última generación con helipuerto. Agarrar con las manos en la masa a uno de los funcionarios de mayor confianza de Néstor y Cristina confirma lo que todos ya sabíamos: que los 12 años de kirchnerato fueron los más corruptos de la historia argentina y que hubo un plan sistemático para saquear al estado. Y además, que una banda de ladrones autotitulados progresistas se asoció ilícitamente para enriquecerse con una dimensión, extensión y profundidad nunca vista.

Las características pornográficas y tragicómicas de lo sucedido tienen consecuencias políticas en el peronismo y deben tenerlas en el gobierno de Mauricio Macri.

José López, robó para la corona de la familia presidencial desde que debutó en política como funcionario del intendente Néstor Kirchner en  Río Gallegos. Se pasó la vida recaudando dinero negro de la corrupción y a último momento, cuando ni el tiro del final le salió, reaccionó de acuerdo a su inmoralidad estructural: quiso coimear a dos policías honrados que ganan algo más de 15 mil pesos y que tienen 5 hijos cada uno. Como fracasó en ese intento, siguió el manual kirchnerista básico y quiso aparecer como una mezcla de Robin Hood y Che Guevara: le grito a las monjitas de clausura que le querían robar el dinero que él había robado para que ellas hicieran obras de caridad. En su desesperación no  tuvo en cuenta la sabiduría popular de las sentencias: Todo el mundo sabe que el que roba a un ladrón tiene 100 años de perdón y que cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.

José López ingresó en la historia del peronismo como otro brujo maldito del mismo nombre. José López Rega lo superó porque fue un delincuente que, además de robar, asesinó a cientos de argentinos a través de su creación más macabra: La Triple A.

Pero José Francisco López será mencionado por los estudiosos en el  futuro como el que sacó el último ladrillo para que se derrumbara el futuro del cristinismo. Y esta es la primera consecuencia política. La implosión del Frente para la Valija (FPV) pone en riesgo la libertad de Julio de Vido y acerca a Cristina a la cárcel. Porque no hay dudas de que ella fue la jefa que concentró todas las decisiones y que no  puede explicar lo inexplicable.

El liderazgo del peronismo está explícitamente vacante y varios de sus jóvenes dirigentes de afuera y de adentro tienen que recalcular su estrategia y elaborar el duelo de su concubinato con un tipo de peronismo que vació de contenido positivo a la palabra progresista tal como Carlos Menem lo hizo con el concepto de liberal.

Los niveles de rapiña del kirchnerismo superaron todo lo conocido. Fueron extraordinarios, fuera de lo normal y por lo tanto necesitan también respuestas extraordinarias por parte del gobierno de Mauricio Macri y de todos aquellos que se propongan de verdad trazar una raya, dejar atrás a los ladriprogresistas y comenzar una etapa más honrada y transparente que recupere la confianza de la mayoría de los argentinos en sus dirigentes.

La tarea de un estadista no es solamente administrar éticamente, solucionar problemas y erradicar injusticias. Eso es lo mínimo que se le puede exigir a un presidente o a una corriente que desde su nombre habla de cambio.

La política enseña que el mejor gobernante es quien sabe interpretar y decodificar las demandas sociales de una época. Claramente se escucha el reclamo de que vayan presos los que robaron y que devuelvan el dinero. Es una manera sencilla de decir que hay que hacer borrón y cuenta nueva. Que no haya impunidad para nadie y que se envíe a la sociedad un mensaje de que el gobierno puede canalizar estas inquietudes envenenadas de bronca. Por eso creo que la propuesta de Ernesto Sanz de conformar una Conadep de la corrupción sería una respuesta adecuada y una manera democrática de procesar tanta mugre institucionalizada.

Nadie está proponiendo que Macri viole la independencia de los poderes y manipule la justicia como hicieron los Kirchner. Todo lo contario, la idea es producir un hecho de estado, un gesto republicano que pueda decirle a los ciudadanos que entre los políticos hay muchos corruptos pero que no todos lo son.

La metodología ya probó su eficacia. Se trata de designar una comisión de líderes y referentes sociales conocidos por su honradez y por su prestigio social que tenga la mayor amplitud ideológica y que se dedique a recibir testimonios e información de ciudadanos que saben mucho  pero que no confían del todo en la justicia. Sistematizar esos datos, dar credibilidad y tranquilidad a los que quieran hacer su aporte sería un gran paso para ayudar y no para interferir en el trabajo de jueces y fiscales.

Hace poco sugerí una primera lista absolutamente abierta de nombres. Dije que si René Favaloro estuviera vivo lo propondría como el  presidente, pero como no lo tenemos, arriesgué una serie de personalidades insospechadas: Facundo Manes, Juan Carr, Santiago Kovadloff, el padre Pepe, Diana Cohen Agrest, Agustín Salvia, Juan José Campanella, el rabino Abraham Skorka,  Graciela Fernández Meijide, Magdalena Ruiz Guiñazu, Paolo Menghini, Pablo Lanusse, Roberto Gargarella, Daniel Sabsay y Vicente Palermo entre otros.

La herencia más maldita del kirchnerismo es haber instalado la delincuencia organizada en el estado. Es urgente que el gobierno actual haga algo más productivo que comentar la realidad y calificar lo ocurrido como hechos bochornosos. Los gobernantes no solo deben acompañar la conciencia promedio de la sociedad. Deben liderar e iluminar nuevos caminos. Una Conadep de la Corrupción sería un mecanismo adecuado para decirle Nunca Más al cambalache discepoliano. Para que Nunca más sea lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador. Para que Nunca más el que no afane sea un gil. En dos palabras: para que los inmorales no nos igualen más. Nunca más.

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