Martes , 24 enero 2017
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Con el agua al cuello

El nuevo editorial de Alfredo Leuco en Le doy mi palabra

Señora oyente, le pido que se acerque a la radio. No quiero que se entere todo el mundo. Señor oyente, le quiero confesar algo entre nosotros, entre usted y yo. Todos los días nos llegan correos electrónicos, mensajes de texto, o por las redes sociales y cartas en papel con problemas que mucha gente tiene y cree que si lo contamos al aire, ese problema se va a solucionar. En la mayoría de los casos es gente que necesita que alguien los escuche. Muchas veces la magnitud y la masividad de las dificultades son difíciles de detectar por un estado algunas veces burocrático y otras veces más ocupado en los temas de la macroeconomía que en la vida cotidiana.

Lo que quiero confesarle es que a mí me produce una gran satisfacción profesional que tanta gente confíe en nosotros. Que muchos argentinos nos crean y por eso nos acerquen sus inquietudes y tristezas. Pero también debo decirle con la misma honestidad intelectual que me pone triste porque yo sé que los reclamos son tantos que son imposibles ponerlos todos al aire. Y además, yo sé que algunos dramas se solucionan y muchos otros no. No depende de nosotros el tema. Somos apenas un vehículo, la radio se transforma en un instrumento para darle voz a los que no tienen voz. Muchas veces siento impotencia ante el fracaso o las frustraciones. Porque la gente nos deposita una confianza y eso es maravilloso pero también una responsabilidad que me pesa como una mochila de piedras. No todos los mensajes que recibimos los podemos leer al aire. Y no todos los que ponemos al aire tienen alguna solución. Parece fácil pero a mí me genera mucha angustia no poder ayudar pese a que racionalmente entiendo que es imposible.

Le cuento todo esto para que sepa que hace unos días yo recibí una carta de Liliana Broda, una chacarera cordobesa de 56 años que me conmovió hasta las lágrimas. Fue un cachetazo leer esa parte donde dice: “Lejos de las capitales, estamos olvidados por la Nación y por la Provincia de Córdoba. Estamos con el agua al cuello, sin caminos, sin rutas, sin presente y sin futuro. Somos invisibles, luego de haber sido exprimidos y despreciados”. Me quedé sin aire. Se me arrugó el corazón cuando leí a Liliana decir eso de estamos con el agua al cuello, sin futuro y somos invisibles. Y recordar que en el gobierno anterior fueron “exprimidos y despreciados”. Pero lo más terrible fue que Liliana me rogaba de rodillas que comentara lo que está pasando en su tierra que está anegada hace tres años. Y me pedía que los acompañáramos en su vía crucis. Fue un desgarro. Leí la carta al aire como quien tira una botella al mar y rogué que alguien nos ayudara. Más no puedo hacer.

Después me enteré que Liliana, que tiene tres hijos tan hermosos como todos los hijos, y una madre de 90 tan guapa como todos los de 90, también le había dejado la carta a Gabriela Origlia, que trabaja en el diario La Nación, en Córdoba.

Ella está en el departamento de Marcos Juarez. Eso es en el sudeste de mi querida provincia, en el límite con Santa Fe. Allí Liliana me decía que: “Todo se trata del desastre hídrico que nos dejó a nuestra suerte por el ‘problemita’ de la maldita obra pública”

Le ruego de rodillas: denos una mano por favor difundiendo nuestro vía crucis”.

Esa desesperación me produjo un agujero negro en el alma. Ella es de Cavanagh que queda sobre la ruta provincial 12 a 340 kilómetros de la Capital cordobesa.
Origlia tuvo más coraje que yo y se atrevió a hablar con Liliana. Con la mirada inundada casi se quiebra porque está a punto de bajar los brazos y dejar su campo y también dejar la Argentina.

¿Se da cuenta lo que le digo? ¿Entiende amigo oyente porque yo quería mantener este diálogo franco entre nosotros? Ese campo lo empezó a labrar su padre cuando Liliana tenía 7 años. Ella no se quedó de brazos cruzados ante la adversidad. Dice presente en todas las reuniones de los productores que sufren el mismo drama, hace gestiones, va y viene.

Ella le mandó otra carta al presidente Mauricio Macri. Habló con el ministro Ricardo Buryaille y con Néstor Roulet. Pero el agua no se va y las soluciones no llegan. Tienen que dar una vuelta tremenda, casi de 200 kilómetros para ir al médico.

Mi desolación frente a este dolor me llevó a recordar lo que otras veces dije.

Y que tal vez sirva de algo. Porque nada es igual. La inundación hace colapsar el sentido común. Todo se da vuelta. Como aquella paloma serratiana que se equivocaba, que creyó que el trigo era agua o que el mar era el cielo. Es incomprensible el bombardeo de la naturaleza. Ataca a traición y produce crímenes que desgarran el alma.
¿Usted vio morir ahogados a esos terneritos que nacen con el agua hasta el cuello de la vaca? Es muy doloroso. Se asfixian, chapotean en el barro hasta que dejan de respirar. ¿Se dio cuenta que la cosecha desaparece de la faz de la tierra? ¿Qué todo se hace agua? Que las esperanzas y los sueños se ahogan. Que con putear no alcanza. Que la inundación tapa todo y se lleva todo el esfuerzo de años. ¿Pudo ver lo que muestran los helicópteros desde el aire? Son lagunas interminables que sepultan en vida el trabajo de nuestros productores. Ellos no son pescadores.

Los tractores se empantanan. Y hay que sacar las vacas lo antes que se pueda y llevarla a alguna isla verde que haya quedado cerca. Si es que queda alguna.
Como canta Piero, el agua sube sin preguntar/ si soy el Pedro, si soy el Juan / Y todos dicen que hay que cuidar/ al inundado que se inundó/ pero se acuerdan que los parió/ cuando el agua ya los tapó.

Se estruja el alma de mirar lo que está pasando en tantos lugares de la Argentina. Es un zarpazo al que trabaja la tierra. Las pérdidas se miden en millones y millones. Pero la pérdida más grande es la desilusión.

El volver a empezar. Carajear la mala suerte, y después de bajar los brazos, levantarse para pelear de nuevo. No es casual que los hombres y las mujeres del campo tengan el rostro y las manos curtidas. Trabajan de sol a sol, con la espalda partida. Un día hay sequía por la Niña y otro día, inundación por el Niño. Los campesinos dicen que ese Niño es un hache de pé. Encima los han maltratado tanto y en lugar de darles una mano, les cerraron el puño.

Los tambos no pueden irse a ningún lado. Tienen que morir de pié. Con los pies en el agua. Sin producir leche por tanta mala leche. La lluvia tenía dimensiones bíblicas.

¿Cuánto tardará el agua en escurrir? ¿Cuánto tardará en llegar la ayuda para los peones que se quedaron sin trabajo, en Pampa y la vía? Menos mal que la siembra directa permite que el suelo pierda el agua más rápido. Es terrible ver las tranqueras enterradas hasta la coronilla. Los campos cambiaron de color. No son amarillos o verdes. Son marrones, o negros de barro y desgarro. Muchos productores pierden el esfuerzo de toda su vida. El agua hace olas, corre como un río en el surco. Ataca el paisaje y el sentido común. Hace creer que el trigo es agua. Y que el mar es la tierra. El agua no frena y oculta la pampa. Los caballos parecen anfibios. Hay canoas improvisadas en lugar de tractores. Ni las camionetas pueden pasar. Ese líquido que liquida se mete por todos lados y destruye lo que encuentra a su paso. Sobre todo la alegría de la siembra. La esperanza del futuro. Hace estragos en los caminos. Obliga a suspender las clases en las escuelas. Dinamita la producción. Es un golpe bajo a los chacareros. Una vaca muerta con la panza hinchada hacia el cielo y las aves carroñeras que aprovechan de su carne es una obra maestra del terror. Es agua, pero parece una maldición.

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